Anita no perd el tren (2000) Anita veu com les més de tres dècades que ha estat fent de taquillera en un cinema de barri s'enfonsen literalment: el local va a terra per donar pas a unes multisales i ella és prejubilada perquè no lliga amb la nova imatge de l'empresa. Incapaç de remuntar el xoc, per inèrcia, continua anant cada dia al descampat on hi havia abans el cinema i on ara una constructora està aixecant les noves sales. Una història tendra, divertida i esperançada d'una supervivència. |
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Premis: Millor Pel·lícula Iberoamericana i Menció Especial del Jurat: Rosa Maria Sardà (Festival de Mar del Plata). Millor Pel·lícula i Millor Actriu: Rosa Maria Sardà (Festival de Miami). Millor Pel·lícula, Millor Actriu: Rosa Maria Sardà, Millor Guió: Ventura Pons i Lluís-Antòn Baulenas, Millor Música: Carles Cases (Festival de Peñíscola). Millor Director: Ventura Pons (Tiburon Film Festival). Premis Túria: Millor Pel·lícula. Nominacions Goya 2001: Ventura Pons i Lluís-Antòn Baulenas (Guió adaptat) |
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FITXA TÈCNICA DIRECCIÓ I PRODUCCIÓ ANIMACIÓ ESTUDI DE SO ESTUDI MUNTATGE Una producció de |
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ANITA ANTONI NATÀLIA SR. LEYVA CAMBRER MESTRE D'OBRES MARE METGE OBRES AVI EMPLEAT INEM XICOT CLIENT PEIXATERIA CLIENTA PEIXATERIA |
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NOTES DEL DIRECTOR Comedia, también. Los espectadores (y quizás yo mismo, de paso) habrán redescubierto, este invierno pasado, mi viejo placer por la comedia con Anita no perd el tren. ¡Ah, la comedia, vaya desafío!. La comedia, un género que tiene en todas partes más público que el drama, pero que no tiene su reconocimiento social. En cualquier pais hacer reír se considera un arte menor y, en cambio, vayas donde vayas, las lágrimas te dan un marchamo de calidad. Qué se le va a hacer. Debo confesar que, a pesar de mi reconocida afición por formas narrativas libres y nada convencionales, siempre me han gustado los géneros y no me importa pasar de un drama a una comedia o a un documental mientras me fascine lo que explico. Lo importante es la pasión en tu narración y tu mirada en la misma. Creo que en las comedias, al margen de su dificultad conceptual, donde la narración debe construirse como una bomba de relojería, también debe de haber mucha pasión. A la vez, la propia naturaleza del género pueden convertirlas en maravillosas armas arrojadizas en manos de los directores… cuando tienen algo que contar. El público está muy acostumbrado a recibir sin rechistar batacazos contundentes en temas considerados socialmente intocables, serios, tabús.. mediante una buena comedia. El humor en sus diversas formas permite sólidos niveles de provocación dificilmente imaginables en el drama. Una buena constatación a tener en cuenta en cuanto te propones un tema. Drama o comedia? A pesar del éxito artístico y también comercial de mi primer largometraje Ocaña, nadie me llamó para ofrecerme trabajo en el cine. Pensé que la gente del cine me veía como a un documentalista y que creían que no servía para hacer ficción. Ahí tuve muy claro que necesitaba hacer cambiar de tercio. Decidido a buscar todo lo contrario que me había motivado en Ocaña, en lugar de un documento iba a ser una ficción. En lugar de un solo personaje, una película coral. Si Ocaña era triste e intimista, ahora haría una comedia alegre y extrovertida. ¡Claro, una comedia! Había que dar la vuelta a todo, para demostrar en qué campos me podía mover y, también, porque me divertía cambiar. Si hay alguna cosa clara en mi carrera es que jamás me ha gustado repetirme, siempre he buscado la sorpresa, la novedad para mí mismo y para el espectador. A partir de este planteamiento salió El Vicari d´Olot, una comedia aparentemente sencilla pero con mi placer, que ahora puede ser visto como algo naif pero que responde muy al espítiru de los primeros ochenta, por disparar una carga de profundidad, perversa para la época, respecto a la libertad sexual y a la defensa del derecho de otras opciones sexuales distintas a las establecidas, aceptadas, ordenadas, bendecidas... Un tema que siempre he llevado a cuestas y al que, quiérase o no, vuelvo a recurrir constantemente. Creo que uno de los méritos de esa película, que sigue siendo después de veinte años la que más público ha conseguido en las salas de cuantas he dirigido, es haber convertido, gracias al humor, un tema provocador en un éxito popular. Tanto que no únicamente la gente joven, sino incluso las tías marías, las beatonas catalanas, fueron a divertirse en masa con lo que era pecado. Hace mucho que no la he visto; tengo el recuerdo de una primera parte con mucho brío y de un final poco contundente. Pero de todas formas, en cuanto a maquiavélicas intenciones, pas mal. Después de una película La rossa del bar, de corte melodramático, me propuse Puta Misèria!, una negra tragicomedia sobre perdedores, trasladada al lumpen de la periferia donde la ciudad pierde su nombre. Curiosamente, y ésta es una reflexión que he hecho con los años y con las películas que siguieron, hay una evidencia en mi trabajo como adaptador de textos literarios, sea novelas, libros de relatos, obras de teatro que me ha conducido, un poco en todas partes, a ser considerado, mencionado o reconocido como si fuera un buen guionista, cuando en realidad se trata simplemente de olfato. Olfato por el placer de encontrar buenas historias, olfato por la estructura narrativa cinematográfica. Yo me siento director, aunque muchas veces me reconozcan más los guiones. Con mis entrañables lumpen debió fallarme el olfato y tendría que haber entendido a tiempo que los perdedores, en nuestra sociedad tan competitiva, no son lo más atractivo para los espectadores. Son reglas del oficio que no acabo de entender, quizás por que me muevo por otras motivaciones. Normalmente cuando un autor me interesa hago lo que llamo un stage, que consiste en leerme todo lo que encuentro de su obra. Como siempre, buscando historias. En Joan Barbero, joven y talentoso autor de teatro que no acabó de hallar su sitio en la escena de los primeros noventa, encontré una frescura y una espontaneidad que me sedujo enseguida para plantearme una nueva comedia. Què t´hi jugues, Mari Pili? nos quedó muy divertida, a pesar de que tiene un inicio algo dubitativo, pero enseguida arranca y se aguanta muy bien; es muy dinámica, muy ágil y el clímax final está muy bien resuelto. Yo estaba muy obsesionado con la idea de que no se nos escapara nada: las comedias deben ser endiabladamente precisas. Me gustó mucho volver a jugar, a jouer, a to play, volver a la comedia de costumbres, con unos personajes jóvenes, vivos, muy de la calle, inmersos en la duda sobre su despertar a la sexualidad, sobre la asunción de su rol.. Creo que fué ese desenfado, esa desinhibición lo que nos hizo ganar la confianza del público y la clave del enorme éxito que la película tuvo en Cataluña. De fuera, como se dió doblada, prefiero ni hablar. De todas formas es un tema felizmente superado. Mari Pili nos dejó tan buen sabor de boca que en seguida nos pusimos a trabajar en otra película con Joan Barbero. Le pedí otra comedia coral de juventud, veraniega, un poco la misma temática... pero formalmente la introducción de elementos propios de la screwball creo que perjudicó el resultado final. El humor mediterráneo, si es que existe y yo creo que si, se basa más en la observación de los quehaceres de los personajes que en la exageración de sus actitudes y quizás nuestro fallo viniera por aquí… aunque no sé si estoy en lo cierto. Una de las constantes de mi trabajo es la coralidad. Son películas con muchos personajes, con muchos papeles y muy difíciles de hacer, pero que a mí me van. Aquesta nit o mai pasa durante el solsticio de verano, la noche de San Juan, la noche del año en que, según mi madrina, se encargan más niños. Una noche mágica en el Mediterráneo. El guión partía del encanto de esa noche, y mezclaba personajes de una obra teatral de Barbero, con unos duendes más o menos inspirados en El sueño de una noche de verano del maestro de Stratford-upon-avon. La suma de muchos buenos elementos no da forzosamente un resultado mejor. Creo que cuanto más clara y sencilla sea la historia que cuentas en una comedia, más puedes concentrarte y mejor llegas al espectador. Pero me llevaría otra nueva película para aprender esta lección Rosita, please!. Mi jefe de producción había rodado en Bulgaria y me explicó que allí había unos estudios impresionantes y posibilidades de conseguir algo distinto a los filmes urbanos en los que solía moverme. El exotismo me va, la aventura también y los que me conocen ya saben que soy bastante lanzado. No me lo pensé dos veces: le consulté a Barbero si se veía capaz de escribir un guión que pasara en Bulgaria, utilizando los escenarios y los recursos que me habían contado. Y Joan fue muy hábil. Su guión tenía una credibilidad geográfica admirable, pero con respecto a la historia, entre unas cosas y otras nos fuimos entusiasmando pero autoengañando a la vez. Era muy curioso, porque la misma complejidad nos empujaba hacia delante. Yo intuía que la historia no era bastante buena, que las situaciones eran demasido forzadas, poco coherentes, pero todo lo justificaba por la lógica de la screewball. ¡Vaya daño el dichoso empacho de screwball! De todas formas, para quien quiera verla, me parece que hay una media hora final espléndida, muy ingeniosa de guión y con un ritmo y unos actores fantásticos. Rosita, please! es la película que quizás no habría tenido que hacer, pero a la vez es de la que más he aprendido, especialmente, desde el punto de vista narrativo. Es la más denostada por la gente, pero también por la que más he luchado. Quizás el error estuvo en forzar las cosas, en querer hacer una película que tiene que pasar en un lugar concreto, cuando lo importante es plantearte la historia. Y en Rosita falla la historia. Mea culpa: asumo mi responsabilidad. Cualquier película debe de contar con tres pies: historia, reparto y narrativa. Si falla alguno, todo se tambalea, no hay película. Pero me pudo más la fascinación de trabajar en un país que no tenía nada que ver con el nuestro donde todo, paisaje, gente, costumbres, lo encontraba muy exótico. Aquel rodaje fue un lujo que nunca más me voy a poder permitir. Mientras empecé a dar vueltas a El perquè de tot plegat. No me sentía bien y quería cambiar. Creía que ya tenía suficiente oficio para hacer cosas personales donde me implicara más como director y que debía intentarlo. Repasé los novelistas que me atraían y me di cuenta de que siempre me había gustado muchísimo el mundo minimalista, irónico y onírico, siempre penetrante, de Quim Monzó. Estructurar, dar continuidad y tener un discurso coherente, desde el punto de vista cinematográfico utilizando diversos cuentos, no es fácil, pero a mí, precisamente, me gustan las cosas difíciles. La gran mayoría de los relatos que escogí eran historias realistas sobre problemas de relaciones humanas: comunicación, amor, desamor, deseo, encanto, desencanto. Es decir, el tema de siempre de la pareja y de su realización, tema universal e inagotable. Había otros relatos, pocos, que estaban escritos en clave fantástica y que también me atraían, aunque el cine fantástico nunca ha sido mi fuerte. Empecé a analizarlos y me di cuenta de que dos de ellos representaban las dos caras de la misma moneda. Me gustó el significado de ambas historias: voluntad y duda, presentes en la vida, en la creación, en el amor, en el arte. Fantástico: empezaría con la voluntad y cerraría con la duda para expresar, subliminalmente, la situación en la que yo me hallaba. Estaba claro que me encontraba en un período de transición y que iba a hablar de éso en la película. El humor de Monzó me sirvió para reencontrarme conmigo mismo. Para mostrar mis anhelos y divagar sobre mis posibilidades como narrador. Me siento muy satisfecho de haber hecho esta película: si no fuera por mi voluntad y por mis dudas, no existiría y me complace mucho enseñarla. Despues de la tetralogía que he tomado de Benet i Jornet y de Belbel, Actrius, Carícies, Amic/Amat y Morir (O No) con temas más trascendentes, más dramáticos, nuevamente he sentido la llamada de la comedia. Será porque en Baulenas encontré una buena historia, el tema de siempre, o porque tenía un reparto en el que creia ciegamente (mis muchos años de trabajo con la Sardà, principalmente) o porque me sentí fascinado por las posibilidades de hacer una simbiosis entre el tipo de humor basado en personajes que tan bien se nos da por estos lares con las posibilidades narrativas discontínuas y nada convencionales que me ofrecía el texto que iba a adaptar… Anita no perd el tren es la suma y el placer de todo ello, sumar al rigor del concepto de la puesta en escena y de la interpretación, la capacidad por comunicar la emoción y la ternura de unos personajes que, una vez más en mis películas, van a la busca de aquello que todos necesitamos. Seamos blancos o negros, altos o bajos, gordos o flacos: tocar y que nos toquen, amar y ser amados. El tema de siempre . Un poco de comunicación entre la vorágine de los tiempos que nos ha tocado vivir. All we need is love (and to laugh). |
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DOSSIER DE PREMSA MAGNÍFICA OBSESSIÓ Aquesta relació de reminiscències fassbinderianes -no debades, el cineasta alemany es reconeixia deixeble de Sirk- és el millor de la pel·lícula de Ventura Pons, però el realitzador català -conscient que havia de canviar de registre després d'explotar per partida doble el filó teatral de Sergi Belbel i Josep Maria Benet i Jornet- no es contenta amb aquesta melodia i toca moltes més tecles. Hi ha, abans que res, un veritable recital de Rosa Maria Sardà en tots els registres possibles de la tragicomèdia agredolça. .... Gat vell en l'ofici, Ventura Pons ha après a dominar els recursos del llenguatge cinematogràfic i a Anita no perd el tren sobren els exemples. Hi ha salts en el temps i una protagonista que alterna els diàlegs convencionals amb la narració en off i les confessions a la càmera. També hi ha una mirada, més fascinada que nostàlgica, sobre el cinema de tota la vida, que culmina amb una magnífica paròdia de Greta Garbo i John Gilbert a La reina Cristina de Suècia. Posats a ser exhaustius, no hi falta un somni il·lustrat amb dibuixos animats i, per rematar-ho, uns agraïments finals a diverses Anites que no aconsegueixen diluir un explícit homenatge a Woody Allen i Annie Hall. La barreja de tots aquests ingredients -articulats per la magnífica banda sonora de Carles Cases- és ambiciosa..... Com Almodóvar -un altre gran amant del melodrama passional-, Pons disposa d'un estil propi inconfusible...... En el curs d'uns pocs mesos de felicitat, aquesta Anita universal ha experimentat una magnífica obsessió que, un cop més, l'apropa a aquell altre melodrama de Sirk on Hudson cura la ceguesa de Wyman. Enlluernada pels mites que ha vist desfilar per la pantalla, la protagonista de Ventura Pons recupera la vista sobre el món real que l'envolta gràcies al conductor d'excavadores que, amb la seva potent pala convertida en eficaç vareta màgica, la fa tocar de peus a terra. Aquí és on es troba la gran pel·lícula que hi ha dins d'Anita no perd el tren..... Esteve Riambau
Comenzaron a trabajar juntos hace más de 30 años, y se nota. Ventura Pons, director (teatral, ahora también en el cine), y Rosa María Sardá se conocen a la perfección. Él le dió la alternativa en la pantalla en la esperpéntica El vicari de Olot y tras trabajos dramáticos del fuste de Actrius o Amic/amat, regresan a la comedia. Y el resultado constituye uno de esos hitos que marcan la trayectoria de dos profesionales. Porque más allá de debilidades y de fortalezas, esta adaptación del texto de Lluís-Anton Baulenas, Bones Obres, será recordada siempre por la complicidad entre Pons y Sardá... y por la soberana lección de interpretación que ésta proporciona a manos llenas y sin escatimar esfuerzos. Porque esta película que cuenta la (¿penúltima?) posibilidad de una frustrada actriz convertida en eterna taquillera de cine (Sardá) de subirse a un tren esquivo, el del amor, a manos de un fornido, hirsuto obrero de la construcción (José Coronado), y las duras condiciones que esa relación impone (él está casado, se ven a hurtadillas, ella está en una cincuentena problemática), será siempre Sardá y su monumental olfato para situarse delante de la cámara. No es ya lo que la gran actriz diga, lo que su personaje evoque, lo que su estrategia de supervivencia provoque en el espectador (ahí es nada la propuesta, siempre en el filo entre la risa y el drama, pero ahogando éste tras la sonrisa cómplice). Es que sólo con estar, con moverse, con apoyar tímidamente un pie en la calle mientras mira a ambos lados por si viene un coche; con mostrar una larga espera ante una mesa puesta, ahí cuando sólo está el actor con la nada, donde Sardá da la medida de su impresionante oficio , de los años que lleva mostrándonos que puedes ser cualquiera, siempre con un adorable aire de respetabilidad baqueteado por la vida. Hay más, claro: deliciosas parodias cinematográficas (genial la de Cristina de Suecia con Sardá emulando a la Garbo), una historia que se aguanta bien aunque le hubiésemos podido pedir un ppunto más de locura. Y la inteligencia de un director par entender cuándo se acaba un ciclo creativo y comienza otro... ¿Qué más se puede pedir? M. Torreiro
Dentro del panorama español, el cine de Ventura Pons se distingue al menos por dos cosas. Desde haces unos años parte sistemáticamente (por eso he hablado, sólo medio en broma, de un "plan Pons", a su manera tan férreo como el que acometiera hace décadas Gonzalo Suárez) de obras de escritores catalanes actuales, que lleva a la pantalla con una frescura formal que desmiente la merecida mala fama del género de la adaptación literaria. En segundo lugar, arma sus repartos con excelentes actores salidos de la escena catalana que suponen un soplo de frescura, también, en nuestro limitado star-system: en estas últimas películas de Pons hemos podido ver a Anna Lizarán, Sergi López o Mercé Pons y redescubrir a los insignes Josep M. Pou y Rosa M. Sardà. "Anita no pierde el tren", basada en una obra de Lluís-Anton Baulenas, que ha colaborado en el guión con el propio Pons, es quizá la película más sencilla, lineal y simpática del cineasta. A ello ayuda la excelente creación que hace Sardà de la Anita titular, una mujer cincuentona que recibe el regalo de una relación amorosa nada platónica con un obrero de la construcción (José Coronado, otra revelación en manos de Pons) que se convierte en su particular excavator man y le remueve las entrañas y los sentimientos que creía olvidados. Sardà muestra su dominio de la pantalla en su retrato de la entrañable pero nada sentimental Anita: no hay más que verla intercambiando confidencias con su vecina María Barranco (deliciosa) o haciendo fugaces apartes a cámara que se ganan rápidamente nuestra complicidad. Pons la había utilizado magistralmente en "Actrices" o "Amigo/amado" y se merecía tenerla toda para él en éste su primer gran papel protagonista. Como Anita es taquillera, la película se permite a través suyo un leve apunte risueño de la evolución del cine en el que trabaja (y de la exhibición en general), que pasa de local porno a sala de arte y ensayo y luego a multisala. Pero Pons no quiere hablar de cine sino de sus personajes. Ha hecho una película "positiva", como a él mismo le gusta decir, que puede reportarle ese éxito comercial qeu le viene esquivando desde hace tiempo. Antonio Weinrichter
UNA ANTIHEROÍNA DEL CINE Y DE LA VIDA. Un cineasta que no vive en Manhattan sino en Barcelona y que se ha autoimpuesto el ritmo de rodar una película anual debía sin duda un tributo al medio que para él también es el mensaje. Y el mensaje de Ventura Pons puede despistar a algunos, creyendo que el cineasta barcelonés retorna al terreno de la comedia doméstica que cultivó en su primera etapa. Cabe no olvidar, sin embargo, que el humor siempre compareció en su cine. Y también que películas de esta segunda etapa -"Amic/Amat", "Carícies", "Morir (o no)- estaban habitadas por gente en perpetua derrota. De la noche a la mañana, también la antiheroína de "Anita no perd el tren" se transforma en una derrotada, náufraga de la vida y del cine. Del cine, porque el local donde trabaja como taquillera ya cincuentona va a ser demolido para erigir un complejo de multisalas, donde su figura resultaría obsoleta. Sus visitas al solar que fue cine le permitirán conocer -y pronto intimar- con el conductor de una excavadora, noble bruto al que José Coronado otorga gran credibilidad. Este homenaje al cine, mediante la utilización de un tono se diría que neorrealista y soñador, nos habla asimismo de la segunda oportunidad, otro tema recurrente en el universo del autor. Y con ventura fílmica indudable, Pons lo rubrica con José Coronado ejerciendo de John Gilbert y Sardà como la Garbo en "La reina Cristina de Suecia". Alegoría, en definitiva, del talento de una actriz que reina en esta historia sobre cine y supervivencia. Antonio Weinrichter
Alberto Bermejo
ANITA EN LA ALTA COMEDIA. (...) Cuánta belleza y poesía hay en la caseta de una obra, a la intemperie, cobijo de la lluvia. Preciosos son los faroles rojos que avisan de la fiesta del deseo. En su particular discoteca, Anita y su Antoni no se conocen, pero ahí se encuentran. Y viven. Con maestra puesta en escena, Ventura Pons habla "de un tema tan universal como la necesidad de cariño". Carlos Gurpegui
Llorens
Es imposible no amar a quien desde la pantalla está amando, intensa, calurosamente, King Kong (magnífica esa idea de la acogedora "gran mano" de la excavadora), La Reina Cristina de Suecia (muy divertidas las caricaturas de John Gilbert y Greta Garbo a cargo de Coronado y Sardà) y a las taquilleras, esas señoras que nos han vendido los más maravillosos sueños de nuestras vidas. Señoras: ahí está el detalle. Ahora vamos a las multisalas de los centros comerciales y sólo vemos féminas en edad de llevar la imagen de Leonardo adherida a la carpeta del cole. A la taquillera que encarna la Sardà le dan pasaporte para sustituirla por la robótica silueta bollycao. Ésa es la realidad y ésa es la ficción de Pons & Baulenas, cuyo propósito es penetrar en el alma de esa mujer ahora desolada por la pérdida.... ¿de su puesto de trabajo? No: de sus sueños, de ese contacto diario con la fila mutante de espectadores (ahora barriobajeros, ahora intelectuales de arte y ensayo, ahora calentorros de sala S, etc.) que la hacía sentirse viva, útil y feliz. La vida en una taquilla. Nada menos. El otro frente de Anita no perd el tren es la historia de amor entre nuestra desconsolada heroína y un humilde obrero de la construcción. Una relación cálida, afectuosa, imposible de no ser por el propio cine, que todo lo hace posible. La comedia de Pons, triste por fuerza, es enormemente esperanzadora y vitalista por dentro. Nada del nihilismo que recorría las imágenes de Carícies o Amic/Amat. Aquí se apuesta por la fe en el cine, en la vida y en el amor recobrado. Aunque no lo parezca (por su tono, ligero como una nube, suave como el algodón), Anita no perd el tren es una de las películas más difíciles de Pons, pues es mucho más fácil ser crudo que ser cariñoso sin caer en lo cursi o meloso. Y Pons ha hecho una película cariñosa, tierna y frágil, sin atisbo de blandenguería. Claro está que, como siempre, una gran parte del encanto emana de los actores, y ahora mismo es impensable concebir otros más adecuados que Rosa Maria Sardà, cuyo personaje ostenta una entereza superlativa, y José Coronado, inspiradísimo en la creación de un sujeto lacónico que habla más con los ojos que por la boca. Jordi Batlle Caminal |
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