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| LA VIDA ABISMAL |
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La vida en joc
Pel·lícules com El buscavidas, House of Games, El rei del joc i El jugador han abordat les perilloses conseqüències de fer del joc una forma de vida. En la seva nova pel·lícula Ventura Pons adapta aquesta tradició al món mediterrani, la qual cosa li resta una mica de dramatisme i tragèdia i l'acosta a una concepció més picaresca de la vida.
La prosa veloç de Ferran Torrent ha seduït prèviament directors com Francesc Bellmunt i Sigfrid Monleón. Expert en adaptacions literàries, Pons s'ha fixat en La vida abismal, la novel·la finalista al Premi Planeta del 2004: un relat iniciàtic que té com a eix la relació entre un alter ego juvenil del mateix Torrent i un cínic, carismàtic jugador professional al qual Óscar Jaenada -l'as a la màniga del film- aporta el seu exultant magnetisme.
Ambientada a les acaballes del franquisme, Pons i Torrent mostren el joc com una via d'evasió, rebel·lia i inconformisme, un petit espai de llibertat i triomf en un context gris i depriment. El disseny de producció reprodueix amb exactitud els anys 70, però, lluny de la nostàlgia agredolça de Cuéntame, el cineasta subratlla la claustrofòbia i opressió del món en què viuen els protagonistes, entre puticlubs llardosos i timbes sòrdides.
Pons aconsegueix fer la història intel·ligible per a qui sigui inexpert en l'ús dels naips i signa una de les seves pel·lícules més clàssiques dels últims temps, tot i experimentar amb alguna pirotècnia visual en les escenes de les partides. Fidel a la lletra i a l'esperit de l'original, el que se li pot retreure és precisament una transposició excessivament literal del text, que reverteix en algun diàleg massa barroc i una abundància de veu en off, i també un to massa monòton en la progressió dramàtica i el look de la pel·lícula.
XAVIER ROC
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AVUI |
Cuando el mundo era clandestino
Rastreador de novelas y piezas teatrales autóctonas, no por comodidad creativa sino porque sabe que toda buena película sólo puede fraguarse a partir de una buena historia, Ventura Pons, en La vida abismal, hace suyo un material literario con el que generacionalmente se sentía identificado.
Adaptado al cine por Francesc Bellmunt (Un negre amb un saxo, Gràcies per la propina) y Sigfrid Monleón (L’illa de l’holandès), el escritor valenciano Ferran Torrent ha encontrado en Ventura Pons un transcriptor visual de lujo. Con un detalle imprescindible en la siempre complicada relación entre cine y literatura: obviar la simple recreación caligráfica, llevando la novela y su meollo argumental al terreno fílmico y –por ello- creativo.
Ahora que se celebra el año Rusiñol cabe recordar lo que tan proteico artista aseveraba respecto a uno de los temas fundamentales contenidos en La vida abismal: “El juego es altamente moral. Sirve para arruinar a los imbéciles”. Es lo que debe pensar el Chino, un joven tahúr surgido de y encaminado hacia la nada, que se erige en tutor –y llave que abre las puertas de un mundo inimaginable- de otro joven, Ferran, cuyo universo personal se reduce a ganar algún dinero limpiando acequias y sobrellevar un mediocre ambiente familiar.
Ventura Pons juega hábilmente con los recursos narrativos del medio cinematográfico, aunque tal vez abuse de la voz en off, y arranca la película con un Ferran adulto (Antonio Valero) que rememora lo que tal vez fue un sueño: la existencia del Chino, que finalmente descifrará como real en un pasado que no puede olvidar. El recurso del flash-back permite reconstruir los tiempos en que el Chino adentró a su pupilo en escenarios que parecían fascinantes: el juego clandestino y las barras americanas donde hallar compañía y desahogo en lechos provisionales.
A pesar de algunas escenas cuyo tono caricaturesco se desmadra, caso del cura de pueblo e inquisidor local, La vida abismal se revela como una de las mejores películas de Ventura Pons. Depara escenas impagables y una impecable recreación de la época, partiendo de detalles nada nimios (la estantería con el libro de Sadoul sobre la Historia del cine, el tocadiscos y el elepé de Raimon). Como hay, asimismo, un gran trabajo actoral de Óscar Jaenada (hablando en catalán con acento valenciano), extraordinario camaleón interpretativo al que da oportuna réplica el debutante José Sospedra, toda una relevación.
LLUÍS BONET MOJICA
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LA VANGUARDIA |
Una historia de iniciación y naipes
Veloces travellings de 360 grados, esmoquins blancos de solapas gigantes, monumentales partidas de póker, chulos de barrio, fachas de provincias, whisky Dyc, prostitutas obesas y una letanía jazzística que inyecta ritmo a la película... ¿De verdad que ése es el aspecto de lo nuevo de Ventura Pons?
Pues sí. La vida abismal (estreno el viernes), el nuevo filme del cineasta barcelonés, es una historia frenética que retrata la vida y la muerte de El Chino, un tahúr de los arrabales de Valencia en los últimos años del franquismo. Sus desventuras transcurren a veces con maneras de noir afrancesado y, a veces, con aires de blaxploitation. Y, sin embargo, la película lleva marca de la casa Pons.
«Esta historia», explica el director, «me interesó porque habla de la amistad, de la iniciación a la vida, de la muerte y la autodestrucción». O sea, tres temas recurrentes en la cinematografía del autor de Ocaña, retrato intermitente. A Pons, el alimento le viene esta vez de las páginas de una novela, La vida en el abismo, del valenciano Ferran Torrent. Fue allí donde nació El Chino -El Roget en la novela-, un jugador kamikaze, aficionado al doble o nada en los casinos y en la vida. Un tipo que recita versos de amor ridículos antes de descubrir una jugada ganadora igual que estafa a los bancos. Es decir: el papel perfecto para un actor con las facciones y el deje pendenciero de Oscar Jaenada.
«Descubrí a Oscar en un pase de Camarón y me quedé sin palabras», recuerda Pons. «Tenía que ser él». Y él, Jaenada en persona, sentado a su lado, enjoyado y bigotudo como un buen tahúr, esboza su sonrisa de canalla. «El Chino es un perdedor, por mucho que gane partidas a lo largo de la película. Es incapaz de conservar nada; corre y corre hacia su destrucción», explicó el actor.
Ese viaje al abismo tiene un testigo en Ferran (José Sospedra), el clásico chico inocente y melancólico de las historias de iniciación, al que le arrasa un vendaval de vida. Ahora quiere ligar sin pagar, proclama tras toparse con una turista francesa «guapa, culta y liberada». Él mismo, 30 años después, intenta dar sentido a la historia. «¿Me inventé el personaje para escapar de ese mundo?», se pregunta el Ferran adulto, interpretado por Antonio Valero.
LLUIS ALEMANY
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EL MUNDO |
Sobrevivir (o no)
Basado en la novela de Ferran Torrent, cargada de referencias autobiográficas, La vida abismal es un nuevo film de Ventura Pons fiel a sus habituales planteamientos, esta vez con el afán de supervivencia y el riesgo en primer término y con una reconstrucción y reflexión constante sobre la España, mas concretamente la Valencia rural, de los años setenta, en las postrimerías de un franquismo que parecía que no iba a acabar nunca. Complementaria, en cierto modo, de las espléndidas –novela y película- Gràcies per la propina, la mirada de Ventura y Torrent observa el mediocre ambiente social y familiar en el que vive el protagonista y lo interfiere con ese torrente de apuestas y retos que supone el insólito personaje del Chino.
Por eso, La vida abismal constituye, ante todo, un relato de admiración y de iniciación, de extraña o precaria amistad entre quien parece haberse desprendido de todos sus lazos y quien, todavía, los mantiene prácticamente al completo. Desde una puesta en escena que rehuye el mero decorativismo o, simplemente, el realismo anecdótico, La vida abismal, aún contando con una excelente ambientación, sobrepasa la crónica puntual de una época para erigirse en metáfora sobre la vida, la libertad y el azar. Claro que, no obstante o precisamente por ello, la contextualización del relato conlleva suculentas anotaciones: la familia, el cura del pueblo, los locales de alterne, las pelotas bancarias, la economía rural, el encuentro con la chica francesa, los detenidos en una redada, el juego clandestino, etc.
Un contexto que conocemos bien y que vale la pena conocer mejor, que explicita la carencia de unas expectativas de vida y de libertad y justifica la fascinación que el protagonista siente por la inexplicable personalidad de su amigo, dispuesto a jugárselo todo a una carta. Nunca mejor dicho.
ANTONI LLORENS
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CARTELERA TURIA |
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