Hay varias cosas altamente agradables en esta película. Una es que tiene sentido cinematográfico, está concebida y narrada cinematográficamente. No deja de ser este un elogio un poco shocking en cuanto eso es lo mínimo que se debería pedir a una película, pero resulta necesario en estos tiempos en que casi todas las películas se limitan a fotografiar diálogos. En "La rubia del bar", la cámara no sólo sigue la acción de una manera elegante y fluida, sino que la modula calculadamente, como los largos travellings que acompañan a los protagonistas para -clásicamente- exaltar el vértigo de la pasión amorosa y celebrar el escenario en que se mueve Barcelona. Antes que nada, la película quiere ser un himno a una Barcelona popular, desgarrada y viva, como sugiere la escena en que el escritor y su rubia contemplan la ciudad desde Montjuich, análoga a una escena de "Manhattan" y que, no por azar, viene tras pasar delante de un cine que anuncia "La rosa púrpura del El Cairo". La grúa final que se eleva sobre la Plaza Real -un plano clásico de conclusión que ya nadie se molesta hoy en rodar- es significativa como gesto de respeto a toda una tradición visual del cine.
Otra cosa agradable de esta película es que su decidida voluntad de estilo no se confunde con una sobrecarga de pretensiones, una plaga corriente entre nuestras actuales producciones subvencionadas. Se trata de contar una historia urbana de marginales, claramente dirigida a un público popular, que podría ser una versión "Pigmalión" adaptada por Bukowski. Aunque también cabe ver ecos de "Desayuno no diamantes", en lo que tiene de apólogo sobre la influencia de las chicas fáciles en las vocaciones literarias, y de "Irma la dulce": tres títulos claramente indicativos de toda una tradición de comedia romántica, aunque no hay aquí happy end.
De forma muy estilizada, con personajes duros -en apariencia- y una historia algo agria se nos propone una película tierna, tiernísima. Otra cosa agradable, en fin, es la interpretación, muy medida -para algo tiene el director una experiencia teatral que muy pocos cineastas españoles tienen- donde los protagonistas son perfectos dobles de sus personajes, empezando por la debutante Núrias Hosta, una revelación.