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OCAÑA, RETRAT INTERMINENT
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Aquella Barcelona que volia ser llibertària
Lany 1977, mentre la classe dirigent elaborava les
bases duna transició que havia permès
que un monarca encapçalés la democràcia
després de jurar lleialtat a un dictador o que
els vells lluitadors acceptessin posar-se a negociar en
la mateixa taula dels seus botxins, pels carrers de Barcelona
es vivia una mena deufòria anarquista. Les
anomenades jornades llibertàries de lestiu
de 1976 havien tornat a portar Federica Montseny a Barcelona
juntament amb Danny, el roig, el líder del maig
francès. La presència dels dos personatges
donava un cert sentit a la situació, ja que la
corrent llibertària que havia esclatat pels carrers
de Barcelona no passava per una nostàlgia de la
CNT i de lanarquisme obrer, sinó per un desig
dautogestió, per una voluntat de canviar
el món a partir de la conquesta de tots aquells
terrenys i espais que la censura i la repressió
havien amagat. Barcelona vivia tímidament el seu
maig francès. Així, mentre es legalitzava
el partit Comunista, es constituïa el Front dAlliberament
Gai de Catalunya i mentre els partits desquerres
PSC i PSUC guanyaven les primeres eleccions
democràtiques del juny de 1977, per les Rambles
de Barcelona un pintor, provocador i transvestit anomenat
Ocaña, es presentava en societat com: "la
pasionaria de las mariquitas".
Ocaña no va trigar en convertir-se en una de les
icones més productives daquesta Barcelona
llibertària, que no tardaria gaire en ser esclafada
quan es va imposar lordre i els pactes de la transició
van fer que els joves passessin de leufòria
al desencís. Ocaña vivia a la Plaça
Reial, pintava i es passejava per les Rambles transvestit,
amb un joc que moltes vegades anava més enllà
de la provocació, ja que les seves disfresses tenien
alguna cosa dexploració del seu subconscient,
daquell camí fosc del qual havia partit.
Ventura Pons, que portava deu anys en la professió
teatral, va sentir-se fascinat pel personatge i en mig
dun temps en què el documental no parava
destablir una crònica acurada de lesdevenidor
de la transició va rodar, en tant sols cinc dies,
Ocaña, retrat intermitent, una petita joia que
el temps ha convertit en un dels més preuats documents
sobre lesclat i mort daquella Barcelona llibertària
que va forjar-se al carrer, al marge dels discursos oficials.
Ocaña, retrat intermitent és, com el seu
títol assenyala, el retrat del pintor Ocaña,
una persona que no juga a la provocació de forma
gratuïta, sinó que al seu entorn vol acabar
forjant una mena de provocació de la memòria.
"Jo sempre em vesteixo dels meus records", acostumava
a afirmar Ocaña. Els records que configuren el
vestuari dOcaña, format per mitges negres,
una mantellina al cap, unes sabates i unes faldilles,
com si fos una vella de lEspanya més fosca,
tenien molt a veure amb una cultura negra que havia creat
una certa imatge dEspanya, que havia alimentat un
subconscient de la repressió que calia destruir
des de lextroversió. La força dOcaña
radica en què el seu transvestisme té més
a veure amb un hapenning permanent, en el qual la teatralitat
i la fusió entre persona i el personatge no fan
més que projectar un retrat dun passat superat
i obrir el camí cap a un desig irresistible de
realitat. Avui, prop de trenta anys després, Ocaña,
retrat intermitent continua sent el testimoni dun
temps políticament incorrecte que simposa
com un esclat de vida davant la mediocritat del nostre
present.
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Àngel Quintana
Col·lectiu de Crítics de Cinema de Girona
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Ocaña es un personaje típicamente barcelonés.
Y la película de Ventura Pons es una película
centrada exclusivamente sobre Ocaña. Sin embargo
¡ojo! Que Ocaña sea un personaje definitoriamente
barcelonés y que la película tienda a subrayar
hasta el último trazo de este barcelonismo no quiere
decir que estemos ante un producto cinematográfico
limitado geográfica y socialmente. Vamos a explicarnos
sin acudir al horrible tópico del barcelonismo
universal. Ocaña es uno de los personajes calificados
de una Barcelona que está mueriendo y que contuvo
claves muy expresivas de lo que era y significaba la burguesía
industrial y progresista. En este sentido Barcelona, la
Barcelona que aún se recoge en Ocaña, tiene
un valor amplio para entender todo un tiempo, todo un
modo sociológico de entender la existencia. Cosas
muy parisinas han tenido y tienen una dimensión
superior a París e incluso a Francia. Cosas italianas
con aspecto externo muy localizado nos dan asimismo claves
para entendimientos más generales. También
ocurre esto con cosas de Londres o de Nueva York. Lo atractivo
de esta película sobre Ocaña es que nos
lleva a Horizontes generales a través de la anécdota
humana muy localizada, lo que da a esa anécdota
un profundo alcance en su ternura. Ver a Ocaña
en las Ramblas o en la Plaza Real nos acerca íntimamente
todo un mundo que, paradógicamente, no se agota
en las Ramblas o en la Plaza Real.
Pero lo estupendo, además, de esta película es que el relato es un relato formalmente hermoso, que está bien contado, que tiene tirón o gancho. La anécdota se convierte así en una delicia para el espectador y nos sujeta hasta que Ventura Pons acaba de contar la historia de este personaje en el que se encierra desde el drama del marginado per su homosexualidad hasta el juego de inteligencia a que ha de entregarse diariamente para tener su puesto al sol.
Ventura Pons ha hecho una película senzilla, lineal, pero tras conseguir dos aciertos iniciales: saber qué personaje había que explicar y explicarle con arreglo a lo que le gustaría saber al espectador.
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Antonio Alvarez Solís
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LA ALEGRE MARGINACIÓN
En cuanto han existido unas condiciones mínimas para
ello, el cine español nos ha sorprendido con una serie
de insólitos documentales sobre personajes también más
o menos insólitos. Las obras más sobresalientes de este
género hasta hace muy poco vetado, forzosamente virgen,
han sido El desencanto, de Jaime Chávarri, y Queridísimos
verdugos, de Basilio Martín Patino. A ellas hay que añadir
ahora este Ocaña, retrato intermitente, de Ventura
Pons, que ha sido proyectado con gran éxito en la sección
Un certain regard -dedicada al cine documental-
del reciente Festival de Cannes.
Ventura Pons pone su realización -directa, nítida, sin
pretensiones- al servicio del personaje, este es su mayor
acierto, permitirnos adentrarnos en la persona, los recuerdos
y las palabras de José Pérez Ocaña, andaluz afincado en
Barcelona, pintor de cuadros -por vocación- y de paredes
-por obligación- y una de las más pintorescas figuras
que se pasean a diario por las Ramblas.
Ocaña se pasea travestido, pero no se considera un travestí;
es homosexual, pero dice no haber oído esta palabra hasta
hace poco; rehúye con justificada violencia etiquetas,
definiciones, palabras en las que pueda -sin querer- verse
encerrado, es un visionario, pero tiene los pies bien
puestos en tierra; es un personaje chocante, incómodo,
asimilable sólo porque todos lo somos, un ser abrumadoramente
triste como todos los grandes cachondos, un artista intuitivo,
un amateur del desmadre que no duda en autocalificarse
como un numerero puro. Definición que no puede ser más
acertada.
En la pureza de Ocaña radica su carácter profundamente
subversivo. Ocaña es un personaje difícilmente manipulable
por unos y por otros. Ni es el cordero indefenso que algunos
desearían ni su contestación es lo mínimamente ortodoxa
que otros quisieran. Ocaña es un personaje rico, complejo,
contradictorio. Que tan pronto critica a la CNT como hace
una apología de la familia. Ocaña ama el ruido, el color,
el rito, el folklore, la fiesta, las flores, los fetiches,
Goya, Lorca, las vírgenes, los aquelarres, los cohetes...
Ocaña ama Andalucía, que es para él "como un cuadro surrealista"
y las bombas que hacen correr aterrorizadas a las burguesas
gordas... Sus cuadros frecuentemente son de temática religiosa;
sin embargo, no hay en ellos el menor asomo de intención
sacrílega, son ingenuos como una estampa y alegres como
un Chagall. Sus vírgenes, sus ángeles están pintados con
piedad, con devoción. Ocaña es un fan enfebrecido de los
hermanos Quintero, del flamenco, de las procesiones, para
quien la provocación es uno de los mayores placeres; en
resumen, lo que cierta nefasta ley calificaría como un
perfecto peligroso social. Hay algo radicalmente sano
en Ocaña: es un marginado vital y festivo que muestra,
sin necesidad de recurrir a rollos doctrinales, cosas
tan elementales -y tan fundamentales- como que un homosexual
es un señor tan sano como cualquier otro. Ventura Pons
lo ha entendido y ha hecho un filme nada llorón, tan arrogante
como el personaje que retrata, un personaje que no es
un bicho raro, ni una curiosidad expuesta en un escaparate,
sino un ser absolutamente normal -con perdón- y decididamente
entrañable.
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Fernando Trueba.
El
País 14-06-78 |
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DE LA DIOSA OCAÑA
A SEBASTIÁN EL MARTIR
Coinciden
en nuestras pantallas dos películas de contenido homosexual
evidente y, sin lugar a dudas, afirmativo. En ellas, no
se juega la trampa de productos anteriores, tipo Té
y Simpatía o Los chicos de la banda, en las que un
tratamiento ficticiamente objetivo del tema no hacía sino
disimular una condena final, o la presentación del ser
homosexual como enfermo patológico, cuando no heredero
directo de las perversas heroínas de Bette Davis.
Son
productos, los que nos llegan hoy, tocados por un gusto
exclusivamente homosexual que no pide excusas, ni seguramente
las toleraría. Sin embargo, en Sebastiane -el primero
de estos filmes-, el homosexualismo, dado como matter
of fact, navega curiosamente hacia una peligrosa cursilería.
En Ocaña, Retrat Intermitent, el gusto homosexual
favorece lo que algún crítico -creo que Guarner- ha llamado
el primer retrato auténtico de la España del posfranquismo.
Como cine que pueda interesarnos, como testimonio que
pueda conmovernos, el filme de Ventura Pons gana por puntos
a los retorcidos, imaginarios orgasmos del protomártir
de Narbona.
Ya
produje, hace más de un año, cuando su estreno en Londres,
un par de páginas sobre Sebastiane, tema que me
es particularmente afín, como el lector de algunos libros
míos (especialmente La torre de los vicios capilares y
Mundo macho) tendrá la bondad de recordar. Uno de mis
cuentos sobre las posibles correspondencias entre el martirio
y el orgasmo data -¡ya!- de 1967, y se llamaba, justamente,
Los Mártires. Con lo cual si, como se ha escrito,
aporté algo nuevo a la literatura peninsular de aquel
tiempo, no lo aportaba a la historia de las percepciones
sadomasoquistas en su totalidad. La tendencia a encontrar
en el desnudo de los mártires un punto de escape para
una estética gay, ya viene del Renacimiento, si no de
antes. Cierto que el cuerpo asaeteado del protomártir
fue glorificado hasta la saciedad, pero también la escultura
clásica había encontrado en el tormento una de las más
altas representaciones del pathos. Ahí está Marsias, despellejado
vivo, fuente de energía arrebatadora, en la escultura
que se conserva en el romano museo del Campidoglio; no
digamos, ya, el célebre grupo de Lacoonte. E cosi via...
El
Sebastián inglés no va, ciertamente, por el lado del heroísmo;
es, por decirlo de algún modo, un cuerpo que se acerca
a los modelos de revistas gay power antes que a
los atléticos centuriones invocados -no por casualidad-
en los textos del cronista Eusebio. El Sebastián inglés
dejó de entrenar en las palestras del Campo de Marte y
paseó, sin duda, por alguna sauna de Amsterdam. Puestos
a romper mitos acreditados, incluso se marca una insólita
Danza del Sol -creo recordar- que haría la envidia de
Isadora Duncan y su hermanito.
Si
a Sebastián se le quita el contenido homosexual (su aspecto
más audaz) queda al descubierto toda la cursilería a que
me he referido antes: solicitado de amores por un centurión
libidinoso, el soldado-danzarín no hace sino incorporar
una situación que han vivido todas las grandes heroínas
del melodrama. Este Sebastián no es sino la contrafigura
de aquella Ciega de Sorrento o aquella Sepultada
viva, asediadas por la codicia de marqueses perversos.
Como recreación de un prototipo heroico acreditado no
puede pedirse más. Y todo amante de lo kistch sabrá
aplaudir aquel momento en que Sebastián rechaza a su macho
hambriento con un "nunca seré tuyo, nunca". En latín,
por supuesto. Es decir: con el envoltorio seudocultural
necesario para que al contemplar estas situaciones no
nos acordemos de Corín Tellado.
De
Ocaña, la película de Ventura Pons, habrá que decir
mucho, y la fascinación que ejerció sobre la crítica francesa,
en el pasado Festival de Cannes, se explicará, calidades
aparte, gracias al exotismo del personaje: esto como mínimo.
Curiosamente, teniendo todas las bazas para caer en un
kistch acaso más estrepitoso que el de Sebastiane,
se salva limpiamente gracias al manejo que Ocaña-personaje
ha hecho siempre del kistch. De como, adaptando
una serie de mitos dados, que van desde Juanita Reina
a la Macarena, Ocaña realiza una pequeña obra maestra
cotidiana, reencarnando toda una tradición homosexual;
hasta ahora críptica por razones obvias.
A
estas alturas se sabrá en Madrid quién es Ocaña, eje de
lo que la publicidad anunció como el primer filme catalán
hablado en andaluz. Y sabrá también Madrid un período
concreto de la pequeña historia de Barcelona, en que se
respiró libertad y se vivió plenamente. La capacidad aglutinadora
que tiene mi ciudad -en esto, un poco alejandrina- se
reveló, a la muerte de Franco, con todos los arrojos posibles.
Recuperar la calle -por un breve momento de gloria- significó
recuperar la fantasía: cualquiera que sea el significado
que demos a la palabra imaginación, es evidente que se
dio en Barcelona, y que allí permanece, todavía agazapada,
a pesar de múltiples trabas recientes. (Entre ellas, la
prohibición de tenderetes y timbas nocturnas en las Ramblas:
el suculento mercado de lo imprevisto que diese a esta
vía, el pasado verano, su tono único en toda Europa.)
Ocaña
fue popular como figura de esta Rambla en fiesta permanente
y como representación máxima de lo más imaginativo de
la contracultura. Insisto en la significación liberalizadora
del personaje, que, por otro lado, no fue exclusiva suya.
Ni tampoco creo que fuese a beneficiarse de la moda del
travestismo, a no ser que tomemos el término en su justa
acepción italiana y barroca de disfraz. La diferencia
me parece importante: el travestí fue revulsivo antes
de convertirse en moda. Una vez incorporada su figura
al comercio habitual de las revistas más o menos eróticas
que nos invaden, se convirtió en un fenómeno todo lo más
divertido. Cuando en cierta revista conté el número diez
de transexual desnudo, que exhibía ostentosas tetas y
rubicundo pene, para sorpresa de timoratos, entoné un
justo réquiem por los antiguos mitos. Decididamente, la
nostalgia del andrógino ideal pierde puntos cuando se
la encuentra colgada semanalmente en un quiosco.
El
travestismo de Ocaña, como se ve en el filme, no invoca
-o no solía invocar- el lanzamiento publicitario, la explotación
comercial. Era, por el contrario, un relicario de mitologías
populares, con meca en Andalucía. No es extraño que entre
el repertorio caro a la percepción homosexual de los últimos
cuarenta años hayan figurado con preferencia las heroínas
de Concha Piquer y sus sucedáneas. Ni que haya sido precisamente
el mundo homosexual el público más adicto a fenómenos
tan significativos como Sara Montiel.
¿Frivolidad
a secas? No creo, por cuanto una de las características
más singulares de esas coplillas magistrales ha sido su
patetismo, refugio bien adecuado para seres tan marginados,
para sueños imposibles. Y ello no ha de ir en detrimento
de este pequeño arte que es la tonadilla; por el contrario,
grande es su mérito, si sirvió para tantos consuelos.
Ocaña
-que en una entrevista se autocalificaba de "diosa Ocaña"-
reproduce en su pequeño mito ramblero el catálogo esencial
de aquel patetismo, desbordado para el siglo en un grito
de libertad. Con esta figura insólita, que el filme de
Ventura Pons desmenuza, uno tiene la sensación de que
el franquismo murió definitivamente. La agresividad del
filme tiene la altura de un manifiesto, jamás de una masturbación
para amateurs, al estilo del Sebastiane inglés. Se tiene
la sensación, con Ocaña, de asistir a una suntuosa vomitada,
donde toda una cultura largo tiempo reprimida se manifiesta,
acaso sin contención, acaso sin medida. Y es obvio que,
después de la larga noche de cuarenta años, la medida
justa sería punto menos que imposible.
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Terenci Moix |
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OCAÑA,
RETRAT INTERMITENT
Parece
que esta década, cuyo papel en nuestra historia reciente
es bastante definitivo, ha tenido -y esperemos que tendrá
todavía- la virtud de provocar, entre otras cosas, unos
cuantos reportajes que ahondan en ciertas realidades ibéricas,
en ciertas formas de nuestra cultura. ¿O habría que decir
mejor subcultura? "Queridísimos verdugos", por ejemplo,
fue uno. Este "Ocaña", a la vez salvaje y estimulante,
es otro.
Pese a las alegaciones de los interesados -retratista
y retratado-, me parece que el interés de Ocaña no está
en su obra como pintor, sino en su condición de personaje
y provocador. Como pintor, debe de ser uno de los 300,
pongamos, naifs que andarán sueltos por España
y su provincia. Como personaje -y lo es, qué duda cabe-
y como provocador, sus fantasmas resultan interesantes,
y se erigen en emblema, capaz de explicar por sí solo
muy sencillamente cosas de difícil o complicada explicación.
No hay ternura, por ejemplo, en el personaje, porque no
la ha habido en las condiciones que le han llevado a la
marginación: justo en el momento de su soliloquio en que
pretende jugar a conmoverse, no lo consigue, deja de ser
convincente. Lo despiadado de su historia, bastante común
-la misma, con más o menos variantes, que he escuchado
de labios de Bibí Andersen o de Violeta ¡la Burra!, personajes
por otro lado muy diferentes -conforman lo estricto de
su rebeldía, de un sentido de la provocación regido por
el más inexorable instinto teatral. Pons, con atinada
intuición, ha olido muy bien ese lado del show business
y ha procurado no ya realzarlo, sino llevarlo a las últimas
consecuencias: de ahí la saeta a la Macarena en una tan
reconstruida como desopilante procesión de Semana Santa,
y la oda a García Lorca en un cementerio, dos piezas de
oro en el Museo del Esperpento Nacional.
La alusión a García Lorca es interesante, asimismo, para
situar a Ocaña. No es un contracultural -como Violeta,
cuya ignorancia le lleva a transgredir los tabúes más
impensables-, sino todo lo contrario. Tiene oídos lo suficientemente
finos como para saber por dónde van los tiros: menciones
a G.L., a Fellini, a Pasolini -aunque su conexión con
los retretes revelan un conocimiento más bien superficial
del tema-, y algunos que otros mitos culturales. Su noción
de cultura, por suerte, permanece auténticamente popular.
Su desprecio de los jóvenes universitarios de su pueblo,
Santillana, que regresan durante el verano y pretenden
quitarles sus procesiones a las viejas, resulta admirablemente
explícito. Más aún, en Cannes, en la rueda de prensa más
divertida en la historia del Festival, cantó en verso
a la Macarena, cuyo sentido no es otro que el de devolverle
la religión al pueblo...
Este excelente reportaje, que es más que eso, un retrato,
posee aún otra cualidad, mayormente perceptible desde
la Costa Azul que desde nuestras orillas mediterráneas.
"Ocaña" es quizá la primera película parida en nuestro
país, donde más claramente se respira un ambiente posfranquista.
Dicho en otras palabras, donde más vivo aparece cierto
clima de -no sé si llamarlo así- "liberalismo", inseparable
de toda una tradición barcelonesa, y cuyo totem por excelencia
son las Ramblas. (Algo que, dicho sea de paso, permite
con lógica considerar como catalana una película donde
lo único catalán de su lenguaje son los títulos de crédito.)
Es algo que se respira en la manifestación gai de la conclusión
-no filmada, por desgracia, pero evocada con eficiencia
gracias a fotografías- y que remacha muy adecuadamente
la explosión final y patética de Ocaña. Ahí reside su
impacto en Cannes, sin ir más lejos. Porque Francia es
ya incapaz de absorber el menor tipo de subcultura: Rutebeuf,
Molière y Baudelaire, amén de varios siglos de grande
culture pesan sobre sus espaldas. Nosotros, en cambio,
aún podemos asimilar algo. Y es que alguna ventaja habíamos
de tener, caramba.
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José Luis Guarner. Interviu. |
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BUSCANDO RAíCES
Habría
muchas formas, y todas ellas válidas, de comentar y analizar
este insólito filme de Ventura Pons. Cualquier punto de
vista, sea de la procedencia que sea, hallaría motivos
sobrados para calar hondo en sus resultados, sus presupuestos
y su procedimiento. Su mayor virtud, sin duda ninguna,
reside en poder soportar cualquier análisis. La discusión,
por suerte, no es dable plantearla a niveles formales
ni siquiera temáticos. El rechazo, el único posible, se
halla a kilómetros-luz de la verdadera esencia del filme.
Ventura Pons ha realizado, con "Ocaña, retrat intermitent",
la primera crónica cinematográficamente lúcida de la España
de los últimos treinta años. Un marginado es su protagonista.
Una cultura tamiza el fondo del personaje. Una herencia
secular atraviesa, de parte a parte, la pantalla recogiendo
datos intermitentes que, reunidos, forman un atractivo
"puzzle" lleno de sugerencias, de tristeza, de alegría,
de dolor, de cariño, de realidad, de libertad, de verdad...
La entrevista con Ocaña, salteada a lo largo del filme,
es una confesión a tumba abierta en la que el objeto interrogado
prescinde "per se" de toda afectación, "pose" o "piel
de plátano", para bascular, al ritmo de un lenguaje vivo
y rico, entre su presente y su pasado, sin omitir nada
que arrastrara lagunas de contenido, sin dejar al azar
ninguna respuesta al macrointerrogante que todo espectador
se hace ya desde el inicio. Cada confesión va arrancando
en el interior de una conciencia dramática (teatrera,
diría él) borbotones de vida que se plasman en unos aguafuertes
cuya escenificación esperpéntica deben tanto a Goya como
a Valle-Inclán, los Quinteros estilizados, la hibridez
del flamenco folklórico, el profundo sentido de la muerte
pagana de los andaluces, el sentir barroco, la ornamentación
excesiva de las manifestaciones externas, el folletín
como sublimación romántica del amor y las costumbres enraizadas
y manipuladas para evitar que una colectividad encuentre
la respuesta a sus constantes preguntas. Ocaña es la sublimación
lorquiana de la sensibilidad andaluza, el compendio de
un sentir cuya falta de ejercicio ha arrinconado lastimosamente
los, quizá, últimos vestigios de una civilización milenaria.
Como estandarte de una marginación tristemente obsesiva,
Ocaña intenta resumir en una sola existencia lo que su
pueblo ha ido dejando a jirones por un camino de sangre.
Por eso, suya es la asunción gloriosa y suyo el poder
de escandalizar las conciencias de la represión, organizada
o no. La máscara, la saeta, los tambores, la procesión,
la mantilla, la peineta, los nichos y las flores mustias,
los encajes, los tacones, la sevillana, el color de la
sangre, la ingenuidad pictórica, la exhuberancia plástica,
el sexo violento y carente de sutileza son constantes
que se suceden ordenadamente en un montaje progresivo
camino de la identificación con la tierra y, por tanto,
en busca de las raíces auténticas. Ventura Pons ha comprendido
perfectamente al personaje porque lo ha aceptado tal como
es y no intenta asumirlo para su propia causa (la que
sea no se sabe por qué no aparece). Ocaña no admite dobleces
porque su vitalismo va parejo con una autenticidad cuyo
enmascaramiento fílmico produciría colores de tonos equívocos
en el rostro del artífice. Como el mismo realizador ha
declarado, tan sólo dos secuencias tienen, por así decirlo,
firma, y son puramente informativas o, si se quiere, explicativas.
El resto, o sea, prácticamente todo el filme, es un ejercicio
concienzudamente humilde en el que Ocaña se desnuda con
una sinceridad entrañablemente brutal. No haber cedido
a las tentaciones de recrear un argumento de una riqueza
extraordinaria, es la mayor cualidad de Ventura Pons,
filmador oculto de una realidad y sus irrealidades provocadas,
primer testigo de un "strip-tease" sin red protectora
y acusador de todo un sistema (acusador implícito) que
utiliza la expresión cinematográfica como halago a la
clase dominante. Si el cine pobre es aquel que no tiene
dinero, "Ocaña, retrat intermitent" lo es. Pero si el
cine pobre es el que no tiene nada que decir, "Ocaña..."
es un filme de una riqueza muy difícil de superar: en
belleza, en veracidad, en autenticidad, en humildad, en
complejidad temática, incluso en contenido social y político.
Por eso no dudo en considerar a "Ocaña..." uno de los
filmes más importantes del último cine español.
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Sur/oeste 10-09-78.
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