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| FOOD OF LOVE
(MANJAR DE AMOR) |
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DESCUBRIR Y DESCUBRIRSE
Una vez más, el cineasta Ventura Pons, como cada
año, estrena su siguiente película en febrero,
al tiempo que se proyecta en el Festival de Berlin fuera
de concurso. Todo parece transcurrir según un programa
previsto, salvo la película en sí misma.
Otra adaptación, sí, pero esta vez de un
autor foráneo como el novelista David Leavitt y
rodada en inglés con actores británicos
que se hacen pasar, con éxito, por norteamericanos.
Desde el punto de vista argumental, Manjar de amor podría
situarse en el otro extremo de lo que el mismo Pons contaba
en Amigo Amado, es decir, en el despertar de la homosexualidad
de un hombre joven, casi un adolescente todavía,
que se convierte en objeto de deseo de un afamado concertista
de piano al que ha conocido pasándole las páginas
de la partitura durante una actuación y en paralelo
el despertar de la madre del mismo individuo a aspectos
de la vida a los que había permanecido perfectamente
ajena, como la actividad extramatrimonial de su pareja
y el descubrimiento y la aceptación de la homosexualidad
de su hijo.
Esta doble historia iniciática, en torno a dos
personajes en sí mismo vulgares, crece y se complica
en un entramado de celos y traiciones, pero sobre todo
de autoaceptación. Ventura Pons, ayudado sin duda
por esos actores excepcionales y por un sentido de la
puesta en escena y una transparencia narrativa reservada
a un reducidísimo grupo de directores de todo el
mundo en el que apenas cabe algún otro español,
consigue que su historia sea creíble y convincente,
en un equilibrio perfecto entre el distanciamiento y la
pasión, fórmula sugerente que se tiñe
de especial ironía en la parte del relato que transcurre
en Barcelona, momento en el que Ventura Pons se muestra
capaz de adoptar la mirada tópica del turista y
superponer la del profundo conocedor de la belleza y el
espíritu de la ciudad en que nació. Este
cineasta singular, logra hacer perfectamente suyo un relato
ajeno, satisfacerse a sí mismo, como creador y
seguramente como individuo, respetando y estimulando la
inteligencia del espectador.
Alberto Bermejo
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EL MUNDO |
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El director catalán Ventura Pons, da un nuevo paso
en su interesante filmografía con Manjar de amor,
que ha rodado integramente en inglés -y en inglés
debe verse, tanto por la calidad de sus intérpretes
como porque trata de americanos en Barcelona- y en buena
medida en Nueva York. No sería justo decir que esta
película repite las fórmulas de películas
anteriores, que eran adaptaciones de buenos textos teatrales
basadas en secuencias muy sencillas, de dos a dos, interpretadas
por actores excelentes y frecuentemente estructuradas geométricamente.
Aquí hay detrás una novela de David Leavitt,
The page Turner, que cuenta una historia única y
obliga al adaptador a seguir una línea narrativa
continuada y al mismo tiempo desarrollar tramas secundarias
de singular relieve.
El conflicto principal -el descubrimiento de la homosexualidad
y de la necesidad de asumir las consecuencias del amor por
parte de un joven aspirante a pianista- afecta muy directamente
a otros cuatro personajes, su madre y sus tres sucesivos
amantes, en un breve período de tiempo, cuyas existencias
y contradicciones adquieren en la narración de Ventura
Pons el relieve justo sin que ello vaya en detrimento del
desenvolvimiento, y su conocimiento por parte del espectador,
de la trama central. Eso imprime a la película una
complejidad muy superior a lo que estamos acostumbrados
a ver en películas de temática gay.
Food of love tiene ese aspecto inconfundible de película
europea adulta que tanto escasea en nuestro cine, pero que
es moneda común en cinematografías próximas.
No es un gran espectáculo, sino una película
de pequeño presupuesto, pero ajustado a las necesidades
de la historia, todas las cuales se cubren con creces dando
como resultado un acabado brillante. Habla de los sentimientos
y no sólo los del protagonista que pasa por un peculiar
proceso iniciático, sino también los de los
hombres que inciden en esa difícil trayectoriay los
de su madre, ignorante primero del secreto de su hijo y
perpleja y abrumada después por su descubrimiento.
Todas las escenas de este personaje, que introducen un humor
fino e inteligente en la película, están muy
conseguidas y son especialmente destacables momentos como
el hallazgo del calzoncillo del joven en la habitación
del hotel del hombre al que ella con un despiste cósmico,
pretende seducir, la reunión de madres homosexuales
o la bonita escena final en la que por primera vez madre
e hijo logran hallar el uno en el otro la comunicación
y la ternura.
Como realizador, Pons rueda muy bien, con un estricto sentido
de la funcionalidad expresiva. Sus planos son limpios, bien
encuadrados y fotografiados por Mario Montero con un buen
gusto casi canónico. Una magnífica partitura
de Carles Cases, uno de nuestros compositores cinematográficos
más dotados y que nunca baja el listón, redondea
esta pequeña pieza. Todos los actores están
muy bien y el director los trata con mimo, dándoles
los planos que les corresponden. A los mayores -Juliet Stevenson,
Paul Rhys y Allan Corduner-los habíamos visto esporádicamente,
pero son grandes actores de segura experiencia probada desgraciadamente
a nuestras espaldas. El protagonista, Kevin Bishop, consigue
estar a la misma altura.
Fernando Méndez-Leite
Fernando Méndez-Leite
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LA GUIA DEL OCIO |
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MANJAR DE AMOR
Es imprescindible poseer la madurez adquirida por
Ventura Pons para abordar una historia de dolorosos aprendizajes
como la que cuenta Manjar de amor.
Sin renunciar a su absoluta libertad como productor, aun
equipo técnico consolidado película tras
película, a unos temas sobre los que vuelve una
y otra vez sin miedo a repetirse, ni a un estilo que ya
brilla con luz propia, el cineasta catalán ha rodado
su primer film en inglés sin tampoco modificar
su preciso ritmo de trabajo ni prescindir de Barcelona
como el mejor de los platós posibles. Le ha bastado
con recurrir a la magia del cine e introducir un pequeño
cambio geográfico en una novela de David Leavit,
un escritor que conoce bien la capital catalana, para
hacerse totalmente suya una historia de resonancias universales.
Las únicas, inevitables, víctimas de ese
salto cualitativo hacia adelante son los actores con los
que Pons trabaja habitualmente. Rosa Maria Sardà
debe estar mordiéndose las uñas por haber
hecho novillos en la academia de idiomas; en cambio, el
director de Anita no pierde el tren no ha tenido ningún
problema en manejar a su antojo a un espléndido
elenco de actores británicos encabezados por el
joven Kevin Bishop, el veterano Allan Corduner o la versátil
Juliet Stevenson.
Todos ellos aportan los dúctiles resortes que permiten
que el film se introduzca por vericuetos tan arriesgados
como apasionantes. El descubrimiento del deseo y de la
pasión, la frustración, la mentira y los
celos subsiguientes o la asunción de las limitacions
de la genialidad artística son algunos de los acordes
de la partitura que este film ejecuta sin pudor y sin
complejos. Exquisito en su sensibilidad y amargo cuando
lo precisa, si de algo peca Manjar de amor es de exceso
de ambición. Síntoma ineludible del inicio
de una nueva etapa en la filmografía de Ventura
Pons que, el tiempo lo dirá, impide la vuelta hacia
atrás.
Esteve Riambau
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FOTOGRAMAS |
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PRODIGIOSO TOUR DE FORCE
Con un ritmo de película anual, inédito
y se diría que hasta suicida, Ventura Pons viene
edificando una filmografía de progresiva ambición
y talante autoral. Cineasta que sabe pulsar las emociones
y transmitirlas en imágenes, su nuevo filme está
protagonizado por un alumno aventajado del conservatorio,
pianista con expectativas y asimismo expectante ante una
vida, la suya, llena de interrogantes. ¿Posee verdadero
talento musical? ¿Debe afrontar su identidad sexual?
Deslumbrado y seducido por un pianista de éxito,
confrontado con una madre divorciada que desconoce la
condición homosexual de su hijo, el protagonista
debe convertir sus dudas en certezas. En su primera película
rodada en inglés y con actores anglosajones, Ventura
Pons asume de nuevo materiales ajenos -la novela "Junto
al pianista", de David Leavitt- que convierte en
propios. Hay gran riesgo en este filme, admirablemente
construido y narrado, que orilla convenciones y la tentación
moralista o militante, para adentrarse en el terreno del
más noble melodrama.
Lluis Benet Mojicar
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LA VANGUARDIA |
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EL PASADOR DE PÁGINAS
Ventura Pons es un poco como el Woody Allen catalán:
rueda regularmente cada año una película
con un diseño de producción similar; habla
siempre de un mismo tipo de cosas, las relaciones humanas
en la sociedad urbana actual aunque, a diferencia de Woody,
suele partir de textos ajenos; y se ha buscado un nicho
en el mercado que le permite trabajar a gusto, desmintiendo
la leyenda de lo difícil que es hacer cine personal
en nuestro país. Manjar de amor parte de una novela
del americano David Leavitt, adaptada en esta ocasión
por el propio Pons, y tiene un excelente reparto de actores
británicos haciendo de americanos pero por lo demás
se parece mucho a su cine anterior, dicho sea esto último
como un elogio para un cineasta que sabe expresarse a
través de historias ajenas: un texto, dice Ventura,
es un pretexto para hablar de cosas que te interesan.
Lo que le interesa aquí es contar la historia de
un doble y accidentado despertar: El del protagonista
Paul (Kevin Bishop), que pasa de volverle las páginas
de la partitura a un cotizado concertista de piano (Paul
Rhys) a dejarse seducir por él. Paul debe aprender
a curarse las heridas que le produce el contacto con los
dioses (la película cita explícitamente
a Ganímedes, el único amante varón
de Zeus, y Pamela a respetar la para ella escandalosa
conducta de su hijo. Un doble conflicto generacional que
Pons hace apasionante gracias a su habilidad para concentrarlo
en una sucesión de escenas intensamente dramáticas,
filmadas con admirable respeto por la verdad y la intimidad
de los personajes.
Antonio Weinrichter
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ABC |
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SUPERAR EL TÓPICO
. Manjar de amor se presenta como un inquietante
retrato de pareja (madre e hijo), en el cual el desvalimiento
de ambos queda paliado por la actitud valiente con que,
más que dejarse vivir, asumen ambos su vida. Esa
actitud libra a la película de moralinas y falsos
clichés sobre el mundo gay- incluidos los positivos:
aquí, quién más, quién menos,
engaña a quién puede-, la hace densa en
sensaciones contradictorias y enriquecedoras, y una segura
recomendación para espectadores inteligentes.
Mirito Torreiroi
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EL PAIS |
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Una historia universal, próxima al corazón
de cualquiera
que haya amado o, llorado o sufrido alguna vez
Ventura Pons vuelve puntualmente a nuestras pantallas.
Vuelve con una película tan personal como las que
componen el resto de su filmografía, a pesar de
que ya hace años que recurre a textos ajenos para
inspirarse. Poco importa que la base argumenal de Manjar
de Amor sea una novela del norteamericano David Leavitt.
El cineasta catalán se apropia de ella, del mismo
modo que lo hizo antes con las obras teatrales de Benet
i Jornet o Belbel, y dirige una película intimista
que llega directamente al corazón.
Habla Ventura Pons en esta ocasión, sobre el despertar
a la dura realidad. Y lo hace a través de dos personajes
que parecen desubicados en medio de la vorágine
que los envuelve: un muchacho que sueña con ser
pianista y se siente atraído por hombres maduros
y una madre que debe afrontar, primero el abandono de
su marido y, después, la homosexualidad de su hijo.
Fiel a sus historias y a su modo de hacer, Ventura Pons
construye un relato minimalista y conciso, donde los personajes,
siempre cercanos y creíbles, viven encuentros y
desencuentros y se enfrentan cara a cara en espacios reducidos,
desnudando sin pudor unos sentimientos que nos resultan
comunes. Y es que el cine de Ventura Pons es universal.
No porque se presente anualmente en una plataforma tan
prestigiosa como la Berlinale, ni porque ahora esté
rodado en inglés e interpretado por actores anglosajones
-geniales todos ellos y en especial Juliet Stevenson-
sino porque es un cine de emociones, muy próximo
al corazón de cualquiera que haya amado, sufrido
o llorado alguna vez.
Jorge Castillejo
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LEVANTE (VALENCIA) |
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Rodado en inglés y protagonizado por personajes norteamericanos-interpretados
por excelentes actores británicos de reconocida solvencia-,
este nuevo largometraje de Ventura Pons confirma, una vez
más, la madurez estética y moral de un cineasta
de quien encontramos con sumo agrado una entrega anual que,
de alguna manera, viene a complementar y a redondear apuntes,
reflexiones o consideraciones que pertenecen ya a su propio
universo, más allá de los diversos orígenes
-literarios, teatrales- remitan a diferentes autores. En
esta ocasión, Ventura ha adaptado la novela The Page
Turner/Junto al pianista de David Leavitt, extrayendo el
título original, Food of love, de una obra de Shakespeare,
Noche de Reyes.
A partir de una historia sobre el despertar sentimental
de un joven aspirante a pianista y las relaciones con su
madre, Ventura Pons nos propone un film tremendamente sugestivo
y sutil por el que discurren numerosas sensaciones en un
segundo términ, tanto referidas a las actitudes de
cada uno de los personajes como, sobre todo, a lo que conlleva
el doble despertar a la realidad de esa madre y ese hijo,
igualmente dobles en lo que se refiere a la sexualidad y
a la vocación profesional. Un doble juego que afecta
no sólo a la mayor parte de los personajes -evidente
en el adolescente, quien cuenta además con su facilitador
atractivo- en la madre con sus histerias, divorcio y reencuentro
con el hijo, los diversos amantes del muchacho, los celos
entre el pianista y el representante, etc. - sino también
a la propia estructura y tono de la puesta en escena, siempre
contenida a la hora de optar por un humor más explícito
o sarcástico-las apariciones de la madre en el hotel,
con el pianista resfriado, o en la fiesta de cumpleaños
en busca de su hijo-, pero repleta de ironía incluso
en las situaciones más cargadas de amargura.
También con enorme sutileza, sin subrayar el cambio
de punto de vista narrativo, Manjar de amor aparece claramente
dividida en dos partes, atenta la primera a las inquietudes
del protagonista - y situada, además, en el contexto
de unas vacaciones en una encantadora Barcelona - y a su
fascinación sentimental y profesional, por el consagrado
concertista, quien también empezó muy joven
su brillante carrera, mientras que la segunda se deja conducir
más por las iniciativas y descubrimientos de la madre,
si bien ambas mitades, certeramente diferenciadas en sus
contextos urbanos, dan oportunidades constantes al resto
de personajes, sean compañeros, vecinas, amantes,
amigos, etc. cuyas intrvenciones dotarán de un sentido
más complejo las líneas fundamentales sobre
las que trabaja un personaje desde la primera secuencia
-el paso de las páginas de la partitura- y la última,
contemplación del firmamento pintado en el techo
del dormitorio.
Un gran film, que tiene mucho que ver con todo el cine de
Ventura Pons y en particular con su admirable Amic/Amat
-el protagonismo, relativo, de la homosexualidad y el desmenuzamiento
de los territorios sentimentales y profesionales-, que cuenta
con una perfecta fotografía de Mario Montero y una
maravillosa banda sonora capitaneada por Carles Cases.
Llorens
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CARTELERA TURIA |
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