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Filmografia
Ventura Pons
BARCELONA (UN MAPA)   Línia negre

El pozo humano y un Pou magistral

Analista muy crítico de la vida matrimonial, el escritor británico Henry Fielding se refirió a “este monstruoso animal compuesto de un esposo y una esposa”. Ignora este opinante si Lluïsa Cunillé tuvo en cuenta tan pesimista afirmación al escribir su magnífica pieza teatral Barcelona, mapa d’ombres, trasladada ahora al cine por Ventura Pons. La suya es una película escalofriante, con un aliviador contrapunto irónico. El matrimonio sirve aquí de metáfora, política y de toda una ciudad, a partir de la soledad de un grupo de personas que viven en aparente comunidad: el matrimonio propietario de un piso y sus tres realquilados.

En este microcosmos social, donde la palabra tiene el mismo valor que el silencio, Ventura Pons consigue la proeza de conciliar cine y teatro de manera admirable. No sólo por la utilización de –digamos- subterfugios fílmicos como el flashback o el tratamiento cromático de algunas imágenes, sino porque no intenta camuflar el origen escénico del material con que trabaja, potenciándolo visualmente.

La progresión narrativa resulta aquí fundamental para atrapar al espectador. Los casi monólogos iniciales de la profesora de francés (Rosa Maria Sardà), la cocinera argentina (María Botto) y el joven empleado de seguridad (Pablo Derqui) sirven de pórtico al demoledor mano a mano entre los cónyuges, servido magistralmente por Josep María Pou y Núria Espert, con la adición del hermano de ella (Jordi Bosch), donde se recrean secretos y mentiras familiares enterradas durante décadas. Este matrimonio constituye una dolorosa alegoría de quienes, creyéndose vencedores, siguieron en el bando perdedor. “Ganaron la guerra, pero perdieron la paz”, ha declarado Ventura Pons, que al final de su película repite las imágenes de archivo de los títulos de crédito. Las de una Barcelona hambrienta que se lanzó a la calle para aclamar la entrada de las tropas franquistas. En esas imágenes reside la clave de una espléndida película sobre la derrota perpetua.



LLUÍS BONET MOJICA
  Fletxa   LA VANGUARDIA


Almas pequeñas

Como quien quema el Gran Teatro del Liceo sin moverse de su habitación, Lluïsa Cunillé escribió Barcelona: Mapa d'ombres, estrenada en la sala Beckett de la Ciudad Condal en marzo de 2004, para un ciclo de miradas sobre la ciudad que, ni en el mejor de los pronósticos, podía haber soñado con una disección tan precisa, lúcida e incómoda del alma colectiva de una urbe que se sueña inmaterial, pero se revela tan pequeña que cabría (realquilada) en un piso del Ensanche. A propósito del estreno, escribía Marcos Ordóñez en las páginas de este diario el 20 de marzo de 2004: “No falta ni sobra nada en este texto. Todo es importante, nada es 'simbólico' o 'significativo'. No hay costumbrismo. No hay opacidad. Lluïsa Cunillé ha dado un gran salto con esa obra, pero sigue siendo escandalosamente desconocida fuera de Cataluña. Porque su tono es inusual. No es una autora difícil, como se ha dicho. Es una autora clara: lo que sucede es que hay demasiado ruido, demasiado tintineo a su alrededor. Y es una autora mayor, que quedará, cuando caigan las etiquetas y la pereza receptiva”. La película de Ventura Pons cumple, de entrada, una función ejemplar: servir de caja de resonancia a un texto teatral excepcional, audaz, que marca la conquista de un tono y la consolidación de la etapa de madurez en la perseverante trayectoria de una autora que, de haber desarrollado su labor en un contexto más receptivo a la insularidad y a la discreción del genio, ya llevaría tiempo cargando con la etiqueta de auténtico fenómeno. Pons vuelve a revelarse poseedor de virtudes infrecuentes entre los cineastas de aquí: tener las antenas muy bien orientadas a lo que se cuece en la escena teatral y escoger con muy buen gusto sus fuentes de inspiración.

Es muy difícil contar Barcelona (Un mapa), porque lo mejor es adentrarse en el microcosmos oscuro, humanísimo, marciano, miserable y conmovedor que levanta la autora dejándose llevar (y ganar) por su esquinado humor, sus calculadas cargas de profundidad y mala leche, sus virajes hacia lo poético y lo fantástico. Baste insinuar su excusa argumental: una pareja de ancianos comunica a los huéspedes que tiene realquilados en su viejo piso del Ensanche que ha llegado la hora de mudarse. El anciano, con las horas contadas, quiere morir en casa. Entre los personajes hay una profesora de francés, lúcida y desencantada, cuyo hijo arquitecto ha contribuido a construir la nueva Barcelona de diseño y asepsia, una joven camarera inmigrante embarazada y un guardia de seguridad abandonado por su esposa, con Edipo insatisfecho y una abandonada carrera como futbolista. También aparece el hermano de la casera, un médico que sueña con incendiar la ciudad, aunque el poder para hacerlo estará en otro rincón de esta historia de transformismos, endogamias, combustiones espontáneas e inconvenientes emergencias de la memoria histórica.

Este universo mal ventilado, pequeño y mezquino, culpable y claustrofóbico, pero con la potencialidad de una liberadora autodestrucción, es llevado a la pantalla por Pons con una opción estilística que resulta un tanto discutible: frecuentes flashes rompen el ritmo, la cadencia y, sobre todo, la atmósfera del relato, delatando cierta inseguridad a la hora de jugar a fondo la carta de la rigurosa estrategia conceptual de Cunillé. Sería interesante ver un remontaje sin esas interferencias: no sería una película fácil, pero sí excelente teatro destilado en buen pulso cinematográfico. Más comprensible es la apuesta por el star-system: aunque cueste olvidar el deslumbrante trabajo del reparto original -encabezado por Mon Plans y Alfred Luchetti-, la película -con, para empezar, Pou, Espert y Sardà- deja colmado al más insaciable degustador de interpretaciones sobresalientes.


JORDI COSTA
  Fletxa   EL PAÍS


Nuria Espert y Pou en Barcelona

Un complot para estafar al Estado, un anciano que disfruta vistiéndose de mujer, un incesto consentido, adulterio, un cáncer terminal, un médico homosexual que frecuenta chaperos, un vigilante con complejo de Edipo y una pistola, una emigrante embarazada de un hijo bastardo y, más allá todavía, un hombre con asombrosos poderes kiroquinéticos, de los que entusiasmarían a Iker Jiménez... Todos conviviendo en un mismo piso del Ensanche de Barcelona, atrapados por su soledad y sus fantasmas. Pero no. No estamos ante una extraña versión de La 13 Rue del Percebe, ni ante un culebrón inverosímil o un folletín desquiciado, aunque las historias de estos personajes son dignas del Gran Guiñol. Estamos frente a la última y elegante película de Ventura Pons, Barcelona (un mapa), fiel adaptación de la obra dramática homónima de Lluïsa Cunillé, que lejos de ocultar su origen teatral, aunque a veces lo disimule con insertos documentales y agradecidos saltos al exterior, tiene su principal baza en una ajustada y eficaz puesta en escena y, naturalmente, en el prodigioso trabajo de sus protagonistas.

Aunque todos los actores se muestren tan comedidos y ajustados como convincentes, qué duda cabe que Núria Espert y Josep Maria Pou, como el anciano matrimonio protagonista, se llevan la parte del león, haciendo totalmente creíble no sólo sus literarios diálogos, sino también sus personajes singulares y oscuros. Singular oscuridad en la que radica el gran acierto de la película tanto como de la obra original. Bajo una capa de aburrida normalidad burguesa, de vidas grises con recuerdos del pasado aparentemente más grises todavía, se esconden secretos dignos de los atormentados personajes de Tennessee Williams. Esqueletos en el armario, mentiras arriesgadas y misterios que llegan incluso a lo mágico o paranormal, pero que afloran sutilmente sin perder nunca su extraña cotidianeidad, su casi terrorífica normalidad. Es aquí donde los actores cuentan, al personificar con exquisita y falsa sencillez a estos vulgares caracteres cuyas vidas, en realidad, están repletas de pasiones extrañas, perversiones inconfesables que acabarán por confesar, diarios secretos que estuvieron siempre abiertos y poderes paranormales capaces de provocar cataclismos.

Barcelona (un mapa) es, en verdad, el mapa secreto de un mundo pequeño, sencillo, y aparentemente normal, que sin embargo, sorprende con sus retorcidos entresijos. El retrato de ese universo pequeño burgués, plagado de sombras, desborda cinematográficamente para inundar también Barcelona entera, convirtiéndose quizá en fresco de la humanidad toda. Una humanidad ridícula y pequeña, triste y agobiada, pero capaz de lo impensable. Ésta es quizá la pieza clave de la película: la extraña historia de un hombre triste y enfermo, con sus pequeñas manías y perversiones, que, sin embargo, tiene el poder secreto de hacer arder el mundo. Parábola última y agridulce que hace de este filme de Ventura Pons uno de sus trabajos más originales y apreciables de su obra reciente.

JESÚS PALACIOS
  Fletxa   EL MUNDO


Con Pou, todo adquiere peso

El mapa que plantea Ventura Pons para esta Barcelona de hoy en día arranca de la guerra civil y de unas imágenes documentales: el triste y trágico blanco y negro se convierte en un sórdido y melodramático color. La historia se encierra en un tristísimo piso o pensión en el que vive una pareja con un plan (de pensiones, en efecto) y unos cuantos inquilinos en trance de desahucio, tan solos, desamparados y condenados que casi le dan sentido a ese arranque bélicoambiental.

Suenan al crujir de la madera las pisadas de Ventura Pons sobre el texto teatral de Lluïsa Cunillé: se estructura la acción en cuatro encuentros cara a cara entre los personajes, cada uno de ellos en una dependencia de la casa y en una progresión dramática tan teatral como «meló».

Apurado por este crujir de las maderas del teatro en su película, Ventura Pons intercala lonchas de cine: flashes de escenas exteriores, alusivas a lo que dicen o piensan los personajes enclaustrados. El efecto tal vez pueda ser considerado «moderno»: teatro veteado de ritmo cinematográfico.

En cualquier caso, el interés de esta obra, tal y como se ve en la pantalla, reside casi completamente en un actorazo y en su interpretación: Josep Maria Pou revienta por completo el barril de madera y deja en algo absolutamente banal el dilema entre teatro y cine. Construye un personaje devorador, pleno, inexplicable, atroz y que encima deja un noble espacio a los demás: Núria Espert se construye también a sí misma en ese grande y complejísimo molde esculpido por él. Y Jordi Bosch, Rosa Maria Sardá, Maria Botto y Pablo Derqui consiguen hacerse su hueco ante el corpachón escénico de Pou.

Probablemente todo el armario argumental debería funcionar como una gran metáfora de la historia del país: se empieza perdiendo una guerra y se termina perdiendo la habitación en un oscuro piso del Ensanche barcelonés. Lo que ocurre es que cada uno de los ramales o afluentes de la historia anega a la principal: una anciana que da clases de francés, una joven inmigrante embarazada y sola, un «segurata» abandonado, un hombre que se traviste, un homosexual a la caza..., y entre todos ellos, el adulterio, el incesto, la culpabilidad, la sordidez, el aire viciado y el aria de una ópera..., en el fondo gran metáfora de la historia de un país.

Tiene especial gracia el apunte pirómano del personaje de Josep Maria Pou y su guiño liceísta.

E. R. MARCHANTE
  Fletxa   ABC


Barcelona (un mapa)

No es ninguna novedad que en la sensata madurez artística en la que Ventura Pons lleva instalado desde hace un puñado de películas hay unos puntos fuertes. Por una parte, la cuidadosa (no siempre: ahí está el malhadado ejemplo de Caricias para atestiguarlo) elección de obras teatrales previas con temáticas que no hurtan, antes bien, buscan denodadamente hablar de sentimientos, y con frecuencia con descarnada crudeza. Por otra, unos actores que, a sus órdenes, revelan siempre su inmenso talento, su ancha humanidad: aquí, los veteranos, pero también los menos. Qué secuencia espléndida la de la conversación entre Josep Maria Pou y una María Botto que le da extraordinaria réplica.

Otro punto, en fin, es una puesta en escena cuidada, que se va despojando de película en película, y que aquí, reducido todo el material dramático a un espacio cerrado, adquiere un brillo especial. El pero es que la obra original escrita por la dramaturga Lluïsa Cunillé, que en escena se aprovecha de su sabia construcción, pero también de unas convenciones que no necesitan de grandes explicaciones, exigirían en cine una introducción menos abrupta de la que prepara el realizador y guionista. Con todo, la densidad emocional del texto se vierte desde la pantalla, en un ejercicio de pudor narrativo encomiable. Y de paso, certifica que con Ventura Pons estamos ante uno de nuestros más inteligentes, arteros cineastas de la emoción.

MIRITO TORREIRO
  Fletxa   FOTOGRAMAS


Desnudos o disfrazados

A partir de un excelente texto de la dramaturga Lluïsa Cunillé, bien conocida en estas páginas por sus colaboraciones con la compañía teatral La Hongaresa, Ventura Pons insiste en una línea constante en toda su filmografía que no es otra que la aproximación al alma y al comportamiento humanos. Más cerca que nunca de los planteamientos de Carícies, el cineasta se centra en las conversaciones y quimeras de unos cuantos personajes para testimoniar, con un enorme rigor, las frustraciones personales y colectivas de un sector social perfectamente localizado. Aunque para el cineasta, no sin razón, esta historia aparentemente localista tiene suficientes implicaciones de valor universal y, por lo tanto, puede suceder o contextualizarse en tantas otras ciudades del mundo, Barcelona y las referencias a la posguerra, a partir del discurso que acompaña la entrada de las tropas franquistas, adquieren especial significación, tanto por las concretas alusiones a calles, plazas, edificios o clubs de fútbol perfectamente identificados en esa ciudad como por ese particular sentimiento de derrota, de endogamia, de mentiras y secretos, de frustración, que define diálogos y relaciones.

Muy pocos personajes, capitaneados por ese cuasi anciano y enfermo matrimonio que alquila habitaciones en su ya alquilado apartamento, cargados de una enorme capacidad de reflejar a propios y extraños: el vigilante futbolista, la cocinera argentina, la madura profesora de francés, el hermano? Una mirada a la familia, al conjunto de una sociedad que, como dice Ventura, fueron vencedores en la guerra y perdedores en la ?paz?, cuyos lazos sanguíneos parecen estar tan impregnados de secretos y mentiras como sus propias vidas cotidianas. Ni disfrazados, pese a que pueda reportarles una transitoria rentabilidad económica, ni desnudos, por más que parezcan aspirar a revelar sus esconidos silencios, van a encontrar salida al callejón donde les ha tocado vivir. Una visión desoladora y trágica, no exenta de irónicas y chistosas ocurrencias (?en estos partidos antiguos el Barça siempre gana?), enormemente enriquecida por un grandioso reparto cómplice que cuenta con los valiosos Josep Maria Pou, Núria Espert, Rosa Maria Sardà, María Botto, Jordi Bosch y Pablo Derqui. No os la perdáis.

ANTONI LLORENS
  Fletxa   CARTELERA TURIA
  quadrats negres