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Filmografia
Ventura Pons
ANITA NO PERD EL TREN   Línia negre
MAGNÍFICA OBSESSIÓ

En un dels gloriosos melodrames dirigits per Douglas Sirk a la dècada dels cinquanta, Jane Wyman interpreta una vídua de mitjana edat que intenta refer la seva vida amb el jove jardiner encarnat per Rock Hudson. Gairebé mig segle després, l'incansable olfacte de Ventura Pons per detectar possibles pel·lícules dins la literatura catalana ha trobat en un relat de Lluís-Anton Baulenas una història d'amor de tarannà similar al de Sólo el cielo lo sabe. La protagonista d'Anita no perd el tren és ara la madura taquillera d'un cinema que es queda sense feina quan enderroquen el temple dels seus somnis, i troba una segona oportunitat en el conductor d'una excavadora, fornit objecte del desig que es consuma en la clandestinitat -ell està casat- de la sòrdida barraca de les obres on treballa.

Aquesta relació de reminiscències fassbinderianes -no debades, el cineasta alemany es reconeixia deixeble de Sirk- és el millor de la pel·lícula de Ventura Pons, però el realitzador català -conscient que havia de canviar de registre després d'explotar per partida doble el filó teatral de Sergi Belbel i Josep Maria Benet i Jornet- no es contenta amb aquesta melodia i toca moltes més tecles. Hi ha, abans que res, un veritable recital de Rosa Maria Sardà en tots els registres possibles de la tragicomèdia agredolça. ....

Gat vell en l'ofici, Ventura Pons ha après a dominar els recursos del llenguatge cinematogràfic i a Anita no perd el tren sobren els exemples. Hi ha salts en el temps i una protagonista que alterna els diàlegs convencionals amb la narració en off i les confessions a la càmera. També hi ha una mirada, més fascinada que nostàlgica, sobre el cinema de tota la vida, que culmina amb una magnífica paròdia de Greta Garbo i John Gilbert a La reina Cristina de Suècia. Posats a ser exhaustius, no hi falta un somni il·lustrat amb dibuixos animats i, per rematar-ho, uns agraïments finals a diverses Anites que no aconsegueixen diluir un explícit homenatge a Woody Allen i Annie Hall.

La barreja de tots aquests ingredients -articulats per la magnífica banda sonora de Carles Cases- és ambiciosa..... Com Almodóvar -un altre gran amant del melodrama passional-, Pons disposa d'un estil propi inconfusible......

En el curs d'uns pocs mesos de felicitat, aquesta Anita universal ha experimentat una magnífica obsessió que, un cop més, l'apropa a aquell altre melodrama de Sirk on Hudson cura la ceguesa de Wyman. Enlluernada pels mites que ha vist desfilar per la pantalla, la protagonista de Ventura Pons recupera la vista sobre el món real que l'envolta gràcies al conductor d'excavadores que, amb la seva potent pala convertida en eficaç vareta màgica, la fa tocar de peus a terra. Aquí és on es troba la gran pel·lícula que hi ha dins d'Anita no perd el tren.....

Esteve Riambau

  Fletxa   Avui
27-1-2001
GRAN ROSA MARÍA SARDÁ

Ventura Pons y la actriz catalana demuestran su complicidad en una estupenda comedia.

Comenzaron a trabajar juntos hace más de 30 años, y se nota. Ventura Pons, director (teatral, ahora también en el cine), y Rosa María Sardá se conocen a la perfección. Él le dió la alternativa en la pantalla en la esperpéntica El vicari de Olot y tras trabajos dramáticos del fuste de Actrius o Amic/amat, regresan a la comedia. Y el resultado constituye uno de esos hitos que marcan la trayectoria de dos profesionales.

Porque más allá de debilidades y de fortalezas, esta adaptación del texto de Lluís-Anton Baulenas, Bones Obres, será recordada siempre por la complicidad entre Pons y Sardá... y por la soberana lección de interpretación que ésta proporciona a manos llenas y sin escatimar esfuerzos. Porque esta película que cuenta la (¿penúltima?) posibilidad de una frustrada actriz convertida en eterna taquillera de cine (Sardá) de subirse a un tren esquivo, el del amor, a manos de un fornido, hirsuto obrero de la construcción (José Coronado), y las duras condiciones que esa relación impone (él está casado, se ven a hurtadillas, ella está en una cincuentena problemática), será siempre Sardá y su monumental olfato para situarse delante de la cámara.

No es ya lo que la gran actriz diga, lo que su personaje evoque, lo que su estrategia de supervivencia provoque en el espectador (ahí es nada la propuesta, siempre en el filo entre la risa y el drama, pero ahogando éste tras la sonrisa cómplice). Es que sólo con estar, con moverse, con apoyar tímidamente un pie en la calle mientras mira a ambos lados por si viene un coche; con mostrar una larga espera ante una mesa puesta, ahí cuando sólo está el actor con la nada, donde Sardá da la medida de su impresionante oficio , de los años que lleva mostrándonos que puedes ser cualquiera, siempre con un adorable aire de respetabilidad baqueteado por la vida. Hay más, claro: deliciosas parodias cinematográficas (genial la de Cristina de Suecia con Sardá emulando a la Garbo), una historia que se aguanta bien aunque le hubiésemos podido pedir un ppunto más de locura. Y la inteligencia de un director par entender cuándo se acaba un ciclo creativo y comienza otro... ¿Qué más se puede pedir?

M. Torreiro

  Fletxa   EL PAÍS
28/1/2001
"ANITA NO PIERDE EL TREN", AMOR A PIE DE OBRA.

Dentro del panorama español, el cine de Ventura Pons se distingue al menos por dos cosas. Desde haces unos años parte sistemáticamente (por eso he hablado, sólo medio en broma, de un "plan Pons", a su manera tan férreo como el que acometiera hace décadas Gonzalo Suárez) de obras de escritores catalanes actuales, que lleva a la pantalla con una frescura formal que desmiente la merecida mala fama del género de la adaptación literaria. En segundo lugar, arma sus repartos con excelentes actores salidos de la escena catalana que suponen un soplo de frescura, también, en nuestro limitado star-system: en estas últimas películas de Pons hemos podido ver a Anna Lizarán, Sergi López o Mercé Pons y redescubrir a los insignes Josep M. Pou y Rosa M. Sardà. "Anita no pierde el tren", basada en una obra de Lluís-Anton Baulenas, que ha colaborado en el guión con el propio Pons, es quizá la película más sencilla, lineal y simpática del cineasta. A ello ayuda la excelente creación que hace Sardà de la Anita titular, una mujer cincuentona que recibe el regalo de una relación amorosa nada platónica con un obrero de la construcción (José Coronado, otra revelación en manos de Pons) que se convierte en su particular excavator man y le remueve las entrañas y los sentimientos que creía olvidados.

Sardà muestra su dominio de la pantalla en su retrato de la entrañable pero nada sentimental Anita: no hay más que verla intercambiando confidencias con su vecina María Barranco (deliciosa) o haciendo fugaces apartes a cámara que se ganan rápidamente nuestra complicidad. Pons la había utilizado magistralmente en "Actrices" o "Amigo/amado" y se merecía tenerla toda para él en éste su primer gran papel protagonista. Como Anita es taquillera, la película se permite a través suyo un leve apunte risueño de la evolución del cine en el que trabaja (y de la exhibición en general), que pasa de local porno a sala de arte y ensayo y luego a multisala. Pero Pons no quiere hablar de cine sino de sus personajes. Ha hecho una película "positiva", como a él mismo le gusta decir, que puede reportarle ese éxito comercial qeu le viene esquivando desde hace tiempo.

Antonio Weinrichter

  Fletxa   ABC
26/1/2001
UNA ANTIHEROÍNA DEL CINE Y DE LA VIDA.

Un cineasta que no vive en Manhattan sino en Barcelona y que se ha autoimpuesto el ritmo de rodar una película anual debía sin duda un tributo al medio que para él también es el mensaje. Y el mensaje de Ventura Pons puede despistar a algunos, creyendo que el cineasta barcelonés retorna al terreno de la comedia doméstica que cultivó en su primera etapa. Cabe no olvidar, sin embargo, que el humor siempre compareció en su cine. Y también que películas de esta segunda etapa -"Amic/Amat", "Carícies", "Morir (o no)- estaban habitadas por gente en perpetua derrota.

De la noche a la mañana, también la antiheroína de "Anita no perd el tren" se transforma en una derrotada, náufraga de la vida y del cine. Del cine, porque el local donde trabaja como taquillera ya cincuentona va a ser demolido para erigir un complejo de multisalas, donde su figura resultaría obsoleta. Sus visitas al solar que fue cine le permitirán conocer -y pronto intimar- con el conductor de una excavadora, noble bruto al que José Coronado otorga gran credibilidad.

Este homenaje al cine, mediante la utilización de un tono se diría que neorrealista y soñador, nos habla asimismo de la segunda oportunidad, otro tema recurrente en el universo del autor. Y con ventura fílmica indudable, Pons lo rubrica con José Coronado ejerciendo de John Gilbert y Sardà como la Garbo en "La reina Cristina de Suecia". Alegoría, en definitiva, del talento de una actriz que reina en esta historia sobre cine y supervivencia.

Antonio Weinrichter

  Fletxa   La Vanguardia
28/01/2001
TAQUILLERA VITALISTA.

Pocos personajes permiten a una actriz dar la auténtica medida de su talento como éste que interpreta Rosa María Sardá en la nueva película de Ventura Pons, director con el que le une una larga relación profesional en la pantalla y en los escenarios y que últimamente le había brindado la posibilidad de lucir su faceta dramática en títulos como Actrices, Caricias y Amigo/amado. La actriz y el cineasta aúnan esfuerzos para poner en pie una adaptación de una novela de Lluís-Antón Baulenas y contar en tono de comedia un retrato inusual de mujer madura, en la edad crítica de los 50, taquillera a la que le cierran el cine y se enfrenta a una de las mayores aventuras de su existencia. La risa deja trasparentar los matices patéticos de esta mujer confusa pero vitalista a la que Sardá dota de relieve y hace familiar en un derroche de sabiduría e intuición, haciendo fácil lo difícil, deslumbrante en los momentos en los que se enfrenta a solas a la cámara -haciendo, pensando o hablando directamente al espectador- y generosa en las secuencias compartidas, en las que extiende su brillo a sus compañeros de reparto, a Barranco, que aporta gracejo y locuacidad, y en especial a Coronado, que hace un magnífico ejercicio de contención en la representación verosímil de un enigmático obrero de la construcción, contundente príncipe azul a lomos de excavadora. La actriz parece la película y resulta difícil imaginarla sin ella, pero lo cierto es que buena parte del mérito le corresponde lógicamente a Ventura Pons, un director que pasa por un momento excepcionalmente prolífico e inspirado, que encuentra sus temas en la originalidad y la imaginación de la nueva literatura catalana, y se parapeta tras la solvencia de sus actores para tomarse sorprendentes libertades narrativas, insólitas o poco frecuentes en el cine español, jugando con el tiempo, quebrando los tonos a voluntad, colando excéntricos sueños en dibujos animados y proyectando una personalísima reflexión sobre el cine a través del personaje entrañable y gozoso de taquillera vapuleada por la vida que le regala la Sardá.

Alberto Bermejo

  Fletxa   El Mundo
ANITA EN LA ALTA COMEDIA.

Es curioso. Cuando uno menos se lo espera salta la liebre en esto del cine. Una de las cosas buenas que tiene la vida es entrar en una sala, sorprenderte y disfrutar con una gran película. La calidad estaba garantizada con la firma del director, el catalán Ventura Pons, pero la experiencia estaba todavía por llegar hasta conocer a Anita. Mira que hemos visto comedias interpretadas por Rosa María Sardá, cada cual más genial, pero su Anita es diferente, trasciende, comunica, late, vive y pervive como los clásicos. "Anita no pierde el tren" es toda una gran película, bella en detalles, sugerente en instantes, inteligente marcapasos para encontrar sentido y alegría a la vida. Y sabia para esperar el tren. Junto a la Sardá, "Anita no pierde el tren" está protagonizada por José Coronado, la pareja amante, y María Barranco, el contrapunto. Con esta cinta, Ventura Pons regresa al mundo de la comedia: "Estaba harto de hacer dramas, necesitaba un cambio, y ese cambio me lo da rodar una buena historia de humor y sentimientos, como ésta", apunta el director de "Actrices".

(...) Cuánta belleza y poesía hay en la caseta de una obra, a la intemperie, cobijo de la lluvia. Preciosos son los faroles rojos que avisan de la fiesta del deseo. En su particular discoteca, Anita y su Antoni no se conocen, pero ahí se encuentran. Y viven. Con maestra puesta en escena, Ventura Pons habla "de un tema tan universal como la necesidad de cariño".

Carlos Gurpegui

  Fletxa   El Periódico de Aragón
ANITA NO PIERDE EL TREN, DE VENTURA PONS
Excavaciones

Desde la coartada de la comedia, con un humor sumergido en la ironía, este excepcional film nos confirma no sólo la coherencia que no nos hemos cansado de resaltar en las últimas películas de Ventura Pons, sino también la plena forma en que se encuentra este cineasta, dispuesto a explorar el alma humana mediante la sinceridad de un lenguaje filmico tan libre como sugestivo, utilizando metafóricamente con la energía de esa excavadora que, prácticamente, protagoniza el relato. Partiendo, como en sus inmediatemente anteriores películas, de un texto literario - en esta ocasión de Lluís Anton Baulenas, colaborador en el guión -, Anita no pierde el tren nos aproxima a una tragedia cotidiana, con ecos de ciertas propuestas del cine de Woody Allen o del mismísimo Aki Kaurismäki, a través, precisamente, de una negación del naturalismo, en un ejercicio de estilo que juega con total libertad y matemática precisión con el paso de tiempo, los guiños complices a la cámara, las referencias cinematográficas - tan explícitas como la recreación de la Reina Cristina de Suecia, con una fastuosa imitación de Garbo y Gilbert- o las ilustractiones de sueños y pesadillas, en los que llega a recurrir al dibujo animado. Como si se tratara de una consecuencia lógica de las reflexiones sobre la realidad en Morir (o no), sin necesidad de recurrir a ninguna diferenciación entre el blanco y negro y el color, el film de Ventura Pons pone de manifiesto el conflicto entre dos realidades, al mismo tiempo opuestas y complementarias: la vivida, la cotidaina, la material, de un lado y la deseada o imaginada, de otro. Encadenamiento de metáforas, el solar en construcción y la potente excavadora pasan a convertirse en la pantalla - que nunca vemos - del cine de barrio por el que desfilaron todas las ensoñaciones: la hija de los pescatores que quiso ser de niña una nueva Marisol y de adolescente creyó en poder encontrar al hombre de su vida hecho a la medida de los diálogos pronunciados por Clark Gable o Humphrey Bogarte en las versiones dobladas, imposibles de adjudicar al oscuro marido o al pretentido amante gallego que un día salió corriendo y aún continúa escpado. Frente a ese imaginario, gracias a la sana complicidad de su vecina - una María Barranco tan espléndida como Rosa María Sardà, José Coronado y el resto del reparto - tocando tierra en sentido figurado y en el otro (la caída al hoyo y su recuperación con la pala de la excavadora "la mano de King Kong"), Anita vive una historia de amor o de sexo, quizás de ambas cosas, que en su miserabilismo (encuentros rápidos y clandestinos en la caseta de las obras, posiblemente el lugar memos romántico del mundo), encuentra su autenticidad y su sentido último: la vida, aunque sea un infierno, es siempre mejor que la ficción. Y para subrayar esto, nada mejor que el suculento recorrido que nos regala la película, aprovechando la condición laboral de taquillera de cine de la protagonista, sobre la evolución de un cine de barriada que pasó por los programas dobles de la fábrica de sueños, el cine pseudoerótico de la transición, el arte y ensayo y la continuación de estreno, para terminar siendo derribado y sustituido por unas multisalas al servicio de las palomitas de maíz y los comportamientos clónicos (las gemelas).

Llorens

  Fletxa  
ESOS MARAVILLOSOS SUEÑOS

Aunque triste por fuera, esta comedia es enormemente esperanzadora y vitalista por dentro, ya que apuesta por la fe en la vida, en el cine y en el amor recobrado.

Es imposible no amar a quien desde la pantalla está amando, intensa, calurosamente, King Kong (magnífica esa idea de la acogedora "gran mano" de la excavadora), La Reina Cristina de Suecia (muy divertidas las caricaturas de John Gilbert y Greta Garbo a cargo de Coronado y Sardà) y a las taquilleras, esas señoras que nos han vendido los más maravillosos sueños de nuestras vidas. Señoras: ahí está el detalle. Ahora vamos a las multisalas de los centros comerciales y sólo vemos féminas en edad de llevar la imagen de Leonardo adherida a la carpeta del cole. A la taquillera que encarna la Sardà le dan pasaporte para sustituirla por la robótica silueta bollycao.

Ésa es la realidad y ésa es la ficción de Pons & Baulenas, cuyo propósito es penetrar en el alma de esa mujer ahora desolada por la pérdida.... ¿de su puesto de trabajo? No: de sus sueños, de ese contacto diario con la fila mutante de espectadores (ahora barriobajeros, ahora intelectuales de arte y ensayo, ahora calentorros de sala S, etc.) que la hacía sentirse viva, útil y feliz. La vida en una taquilla. Nada menos. El otro frente de Anita no perd el tren es la historia de amor entre nuestra desconsolada heroína y un humilde obrero de la construcción. Una relación cálida, afectuosa, imposible de no ser por el propio cine, que todo lo hace posible. La comedia de Pons, triste por fuerza, es enormemente esperanzadora y vitalista por dentro. Nada del nihilismo que recorría las imágenes de Carícies o Amic/Amat. Aquí se apuesta por la fe en el cine, en la vida y en el amor recobrado. Aunque no lo parezca (por su tono, ligero como una nube, suave como el algodón), Anita no perd el tren es una de las películas más difíciles de Pons, pues es mucho más fácil ser crudo que ser cariñoso sin caer en lo cursi o meloso. Y Pons ha hecho una película cariñosa, tierna y frágil, sin atisbo de blandenguería. Claro está que, como siempre, una gran parte del encanto emana de los actores, y ahora mismo es impensable concebir otros más adecuados que Rosa Maria Sardà, cuyo personaje ostenta una entereza superlativa, y José Coronado, inspiradísimo en la creación de un sujeto lacónico que habla más con los ojos que por la boca.

Jordi Batlle Caminal

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