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| ANITA NO PIERDE
EL TREN |
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GRAN ROSA MARÍA SARDÁ
Ventura Pons y la actriz catalana demuestran su complicidad
en una estupenda comedia.
Comenzaron a trabajar juntos hace más de 30 años, y
se nota. Ventura Pons, director (teatral, ahora también
en el cine), y Rosa María Sardá se conocen a la perfección.
Él le dió la alternativa en la pantalla en la esperpéntica
El vicari de Olot y tras trabajos dramáticos del fuste
de Actrius o Amic/amat, regresan a la comedia. Y el resultado
constituye uno de esos hitos que marcan la trayectoria
de dos profesionales.
Porque más allá de debilidades y de fortalezas, esta
adaptación del texto de Lluís-Anton Baulenas, Bones Obres,
será recordada siempre por la complicidad entre Pons y
Sardá... y por la soberana lección de interpretación que
ésta proporciona a manos llenas y sin escatimar esfuerzos.
Porque esta película que cuenta la (¿penúltima?) posibilidad
de una frustrada actriz convertida en eterna taquillera
de cine (Sardá) de subirse a un tren esquivo, el del amor,
a manos de un fornido, hirsuto obrero de la construcción
(José Coronado), y las duras condiciones que esa relación
impone (él está casado, se ven a hurtadillas, ella está
en una cincuentena problemática), será siempre Sardá y
su monumental olfato para situarse delante de la cámara.
No es ya lo que la gran actriz diga, lo que su personaje
evoque, lo que su estrategia de supervivencia provoque
en el espectador (ahí es nada la propuesta, siempre en
el filo entre la risa y el drama, pero ahogando éste tras
la sonrisa cómplice). Es que sólo con estar, con moverse,
con apoyar tímidamente un pie en la calle mientras mira
a ambos lados por si viene un coche; con mostrar una larga
espera ante una mesa puesta, ahí cuando sólo está el actor
con la nada, donde Sardá da la medida de su impresionante
oficio , de los años que lleva mostrándonos que puedes
ser cualquiera, siempre con un adorable aire de respetabilidad
baqueteado por la vida. Hay más, claro: deliciosas parodias
cinematográficas (genial la de Cristina de Suecia con
Sardá emulando a la Garbo), una historia que se aguanta
bien aunque le hubiésemos podido pedir un ppunto más de
locura. Y la inteligencia de un director par entender
cuándo se acaba un ciclo creativo y comienza otro... ¿Qué
más se puede pedir?
M. Torreiro
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EL PAÍS
28/1/2001 |
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"ANITA NO PIERDE EL TREN", AMOR A PIE DE OBRA.
Dentro del panorama español, el cine de Ventura Pons
se distingue al menos por dos cosas. Desde haces unos
años parte sistemáticamente (por eso he hablado, sólo
medio en broma, de un "plan Pons", a su manera tan férreo
como el que acometiera hace décadas Gonzalo Suárez) de
obras de escritores catalanes actuales, que lleva a la
pantalla con una frescura formal que desmiente la merecida
mala fama del género de la adaptación literaria. En segundo
lugar, arma sus repartos con excelentes actores salidos
de la escena catalana que suponen un soplo de frescura,
también, en nuestro limitado star-system: en estas últimas
películas de Pons hemos podido ver a Anna Lizarán, Sergi
López o Mercé Pons y redescubrir a los insignes Josep
M. Pou y Rosa M. Sardà. "Anita no pierde el tren", basada
en una obra de Lluís-Anton Baulenas, que ha colaborado
en el guión con el propio Pons, es quizá la película más
sencilla, lineal y simpática del cineasta. A ello ayuda
la excelente creación que hace Sardà de la Anita titular,
una mujer cincuentona que recibe el regalo de una relación
amorosa nada platónica con un obrero de la construcción
(José Coronado, otra revelación en manos de Pons) que
se convierte en su particular excavator man y le remueve
las entrañas y los sentimientos que creía olvidados.
Sardà muestra su dominio de la pantalla en su retrato
de la entrañable pero nada sentimental Anita: no hay más
que verla intercambiando confidencias con su vecina María
Barranco (deliciosa) o haciendo fugaces apartes a cámara
que se ganan rápidamente nuestra complicidad. Pons la
había utilizado magistralmente en "Actrices" o "Amigo/amado"
y se merecía tenerla toda para él en éste su primer gran
papel protagonista. Como Anita es taquillera, la película
se permite a través suyo un leve apunte risueño de la
evolución del cine en el que trabaja (y de la exhibición
en general), que pasa de local porno a sala de arte y
ensayo y luego a multisala. Pero Pons no quiere hablar
de cine sino de sus personajes. Ha hecho una película
"positiva", como a él mismo le gusta decir, que puede
reportarle ese éxito comercial qeu le viene esquivando
desde hace tiempo.
Antonio Weinrichter
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ABC
26/1/2001 |
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UNA ANTIHEROÍNA DEL CINE Y DE LA VIDA.
Un cineasta que no vive en Manhattan sino en Barcelona
y que se ha autoimpuesto el ritmo de rodar una película
anual debía sin duda un tributo al medio que para él también
es el mensaje. Y el mensaje de Ventura Pons puede despistar
a algunos, creyendo que el cineasta barcelonés retorna
al terreno de la comedia doméstica que cultivó en su primera
etapa. Cabe no olvidar, sin embargo, que el humor siempre
compareció en su cine. Y también que películas de esta
segunda etapa -"Amic/Amat", "Carícies", "Morir (o no)-
estaban habitadas por gente en perpetua derrota.
De la noche a la mañana, también la antiheroína de "Anita
no perd el tren" se transforma en una derrotada, náufraga
de la vida y del cine. Del cine, porque el local donde
trabaja como taquillera ya cincuentona va a ser demolido
para erigir un complejo de multisalas, donde su figura
resultaría obsoleta. Sus visitas al solar que fue cine
le permitirán conocer -y pronto intimar- con el conductor
de una excavadora, noble bruto al que José Coronado otorga
gran credibilidad.
Este homenaje al cine, mediante la utilización de un
tono se diría que neorrealista y soñador, nos habla asimismo
de la segunda oportunidad, otro tema recurrente en el
universo del autor. Y con ventura fílmica indudable, Pons
lo rubrica con José Coronado ejerciendo de John Gilbert
y Sardà como la Garbo en "La reina Cristina de Suecia".
Alegoría, en definitiva, del talento de una actriz que
reina en esta historia sobre cine y supervivencia.
Antonio Weinrichter
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La Vanguardia
28/01/2001 |
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TAQUILLERA VITALISTA.
Pocos personajes permiten a una actriz dar la auténtica
medida de su talento como éste que interpreta Rosa María
Sardá en la nueva película de Ventura Pons, director con
el que le une una larga relación profesional en la pantalla
y en los escenarios y que últimamente le había brindado
la posibilidad de lucir su faceta dramática en títulos
como Actrices, Caricias y Amigo/amado. La actriz y el
cineasta aúnan esfuerzos para poner en pie una adaptación
de una novela de Lluís-Antón Baulenas y contar en tono
de comedia un retrato inusual de mujer madura, en la edad
crítica de los 50, taquillera a la que le cierran el cine
y se enfrenta a una de las mayores aventuras de su existencia.
La risa deja trasparentar los matices patéticos de esta
mujer confusa pero vitalista a la que Sardá dota de relieve
y hace familiar en un derroche de sabiduría e intuición,
haciendo fácil lo difícil, deslumbrante en los momentos
en los que se enfrenta a solas a la cámara -haciendo,
pensando o hablando directamente al espectador- y generosa
en las secuencias compartidas, en las que extiende su
brillo a sus compañeros de reparto, a Barranco, que aporta
gracejo y locuacidad, y en especial a Coronado, que hace
un magnífico ejercicio de contención en la representación
verosímil de un enigmático obrero de la construcción,
contundente príncipe azul a lomos de excavadora. La actriz
parece la película y resulta difícil imaginarla sin ella,
pero lo cierto es que buena parte del mérito le corresponde
lógicamente a Ventura Pons, un director que pasa por un
momento excepcionalmente prolífico e inspirado, que encuentra
sus temas en la originalidad y la imaginación de la nueva
literatura catalana, y se parapeta tras la solvencia de
sus actores para tomarse sorprendentes libertades narrativas,
insólitas o poco frecuentes en el cine español, jugando
con el tiempo, quebrando los tonos a voluntad, colando
excéntricos sueños en dibujos animados y proyectando una
personalísima reflexión sobre el cine a través del personaje
entrañable y gozoso de taquillera vapuleada por la vida
que le regala la Sardá.
Alberto Bermejo
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El Mundo |
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ANITA EN LA ALTA COMEDIA.
Es curioso. Cuando uno menos se lo espera salta la liebre
en esto del cine. Una de las cosas buenas que tiene la
vida es entrar en una sala, sorprenderte y disfrutar con
una gran película. La calidad estaba garantizada con la
firma del director, el catalán Ventura Pons, pero la experiencia
estaba todavía por llegar hasta conocer a Anita. Mira
que hemos visto comedias interpretadas por Rosa María
Sardá, cada cual más genial, pero su Anita es diferente,
trasciende, comunica, late, vive y pervive como los clásicos.
"Anita no pierde el tren" es toda una gran película, bella
en detalles, sugerente en instantes, inteligente marcapasos
para encontrar sentido y alegría a la vida. Y sabia para
esperar el tren. Junto a la Sardá, "Anita no pierde el
tren" está protagonizada por José Coronado, la pareja
amante, y María Barranco, el contrapunto. Con esta cinta,
Ventura Pons regresa al mundo de la comedia: "Estaba harto
de hacer dramas, necesitaba un cambio, y ese cambio me
lo da rodar una buena historia de humor y sentimientos,
como ésta", apunta el director de "Actrices".
(...) Cuánta belleza y poesía hay en la caseta de una
obra, a la intemperie, cobijo de la lluvia. Preciosos
son los faroles rojos que avisan de la fiesta del deseo.
En su particular discoteca, Anita y su Antoni no se conocen,
pero ahí se encuentran. Y viven. Con maestra puesta en
escena, Ventura Pons habla "de un tema tan universal como
la necesidad de cariño".
Carlos Gurpegui
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El Periódico de Aragón |
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ANITA NO PIERDE EL TREN, DE VENTURA PONS
Excavaciones
Desde la coartada de la comedia, con un humor sumergido
en la ironía, este excepcional film nos confirma no sólo
la coherencia que no nos hemos cansado de resaltar en
las últimas películas de Ventura Pons, sino también la
plena forma en que se encuentra este cineasta, dispuesto
a explorar el alma humana mediante la sinceridad de un
lenguaje filmico tan libre como sugestivo, utilizando
metafóricamente con la energía de esa excavadora que,
prácticamente, protagoniza el relato. Partiendo, como
en sus inmediatemente anteriores películas, de un texto
literario - en esta ocasión de Lluís Anton Baulenas, colaborador
en el guión -, Anita no pierde el tren nos aproxima a
una tragedia cotidiana, con ecos de ciertas propuestas
del cine de Woody Allen o del mismísimo Aki Kaurismäki,
a través, precisamente, de una negación del naturalismo,
en un ejercicio de estilo que juega con total libertad
y matemática precisión con el paso de tiempo, los guiños
complices a la cámara, las referencias cinematográficas
- tan explícitas como la recreación de la Reina Cristina
de Suecia, con una fastuosa imitación de Garbo y Gilbert-
o las ilustractiones de sueños y pesadillas, en los que
llega a recurrir al dibujo animado. Como si se tratara
de una consecuencia lógica de las reflexiones sobre la
realidad en Morir (o no), sin necesidad de recurrir a
ninguna diferenciación entre el blanco y negro y el color,
el film de Ventura Pons pone de manifiesto el conflicto
entre dos realidades, al mismo tiempo opuestas y complementarias:
la vivida, la cotidaina, la material, de un lado y la
deseada o imaginada, de otro. Encadenamiento de metáforas,
el solar en construcción y la potente excavadora pasan
a convertirse en la pantalla - que nunca vemos - del cine
de barrio por el que desfilaron todas las ensoñaciones:
la hija de los pescatores que quiso ser de niña una nueva
Marisol y de adolescente creyó en poder encontrar al hombre
de su vida hecho a la medida de los diálogos pronunciados
por Clark Gable o Humphrey Bogarte en las versiones dobladas,
imposibles de adjudicar al oscuro marido o al pretentido
amante gallego que un día salió corriendo y aún continúa
escpado. Frente a ese imaginario, gracias a la sana complicidad
de su vecina - una María Barranco tan espléndida como
Rosa María Sardà, José Coronado y el resto del reparto
- tocando tierra en sentido figurado y en el otro (la
caída al hoyo y su recuperación con la pala de la excavadora
"la mano de King Kong"), Anita vive una historia de amor
o de sexo, quizás de ambas cosas, que en su miserabilismo
(encuentros rápidos y clandestinos en la caseta de las
obras, posiblemente el lugar memos romántico del mundo),
encuentra su autenticidad y su sentido último: la vida,
aunque sea un infierno, es siempre mejor que la ficción.
Y para subrayar esto, nada mejor que el suculento recorrido
que nos regala la película, aprovechando la condición
laboral de taquillera de cine de la protagonista, sobre
la evolución de un cine de barriada que pasó por los programas
dobles de la fábrica de sueños, el cine pseudoerótico
de la transición, el arte y ensayo y la continuación de
estreno, para terminar siendo derribado y sustituido por
unas multisalas al servicio de las palomitas de maíz y
los comportamientos clónicos (las gemelas).
Llorens
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ESOS MARAVILLOSOS SUEÑOS
Aunque triste por fuera, esta comedia es enormemente
esperanzadora y vitalista por dentro, ya que apuesta por
la fe en la vida, en el cine y en el amor recobrado.
Es imposible no amar a quien desde la pantalla está
amando, intensa, calurosamente, King Kong (magnífica esa
idea de la acogedora "gran mano" de la excavadora), La
Reina Cristina de Suecia (muy divertidas las caricaturas
de John Gilbert y Greta Garbo a cargo de Coronado y Sardà)
y a las taquilleras, esas señoras que nos han vendido
los más maravillosos sueños de nuestras vidas. Señoras:
ahí está el detalle. Ahora vamos a las multisalas de los
centros comerciales y sólo vemos féminas en edad de llevar
la imagen de Leonardo adherida a la carpeta del cole.
A la taquillera que encarna la Sardà le dan pasaporte
para sustituirla por la robótica silueta bollycao.
Ésa es la realidad y ésa es la ficción de Pons & Baulenas,
cuyo propósito es penetrar en el alma de esa mujer ahora
desolada por la pérdida.... ¿de su puesto de trabajo?
No: de sus sueños, de ese contacto diario con la fila
mutante de espectadores (ahora barriobajeros, ahora intelectuales
de arte y ensayo, ahora calentorros de sala S, etc.) que
la hacía sentirse viva, útil y feliz. La vida en una taquilla.
Nada menos. El otro frente de Anita no perd el tren es
la historia de amor entre nuestra desconsolada heroína
y un humilde obrero de la construcción. Una relación cálida,
afectuosa, imposible de no ser por el propio cine, que
todo lo hace posible. La comedia de Pons, triste por fuerza,
es enormemente esperanzadora y vitalista por dentro. Nada
del nihilismo que recorría las imágenes de Carícies o
Amic/Amat. Aquí se apuesta por la fe en el cine, en la
vida y en el amor recobrado. Aunque no lo parezca (por
su tono, ligero como una nube, suave como el algodón),
Anita no perd el tren es una de las películas más difíciles
de Pons, pues es mucho más fácil ser crudo que ser cariñoso
sin caer en lo cursi o meloso. Y Pons ha hecho una película
cariñosa, tierna y frágil, sin atisbo de blandenguería.
Claro está que, como siempre, una gran parte del encanto
emana de los actores, y ahora mismo es impensable concebir
otros más adecuados que Rosa Maria Sardà, cuyo personaje
ostenta una entereza superlativa, y José Coronado, inspiradísimo
en la creación de un sujeto lacónico que habla más con
los ojos que por la boca.
Jordi Batlle Caminal
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