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| WOUNDED ANIMALS |
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LA INFECCIÓN SENTIMENTAL
Tres relatos del libro Animals tristos, de Jordi Puntí, alimentan el último trabajo de Ventura Pons, a quien las películas episódicas (El perquè de tot plegat, Carícies) le salen siempre estupendas, sobre todo si se permite integrar parte de un sketch en otro, interrelacionarlos entre sí. De hecho, Animals ferits tiene el aspecto de una única historia, tal es su admirable estructura.
La primera trama concierne a las relaciones entre un hombre casado y su amante, que viven su ardor sexual más que su amor en puntuales citas en un hotel, siempre en la misma habitación. La segunda tiene por protagonistas a una pareja que pasa sus vacaciones en un camping de la Costa Brava. Y la tercera, a una mujer de la limpieza mexicana, que trabaja precisamente en el lujoso apartamento del marido adúltero y su esposa, y a un joven peruano recién llegado a Barcelona.
En todos los casos, a los personajes los vemos acompañados de otros personajes, cuando no por una marea humana que se dirige al Camp Nou o regresa de él. Pero, paradójicamente, se hace difícil concebir criaturas más solitarias, desamparadas e incomunicadas que las que componen este fresco contemporáneo.
Pons logra plasmar el latido de nuestra época y sus infecciones sentimentales. Lo hace, apoyado en un trabajo espléndido de sus actores, aunando con maestría los efectos cómicos y los patéticos. Y aunque le sobra el subrayado de la voz en off del narrador, sabe sacar un gran partido de los silencios en las escenas del camping, las mejores: los paseos por Cadaqués, las lecturas junto a la caravana de ella, la indiferencia de su relación (necesitan un urgente, rosselliniano Viaggio in Italia) radiografían el paisaje emocional de hoy mismo.
JORDI BATLLE CAMINAL
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LA VANGUARDIA |
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LAMIÉNDOSE LAS HERIDAS DE AMOR
La más reciente de las películas de Ventura Pons, rodada el pasado verano –ya anda ultimando los preparativos de un nuevo proyecto, de vinculaciones valencianas–, adapta una obra de Jordi Puntí para proponer, desde la más tangible cotidianidad, una compleja reflexión moral a propósito de las consecuencias de la conducta amorosa. Un comportamiento sentimental que –sólo aparentemente, puesto que están muy vinculados entre sí– el cineasta divide en cuatro movimientos, asimilados a cadencias musicales, centrados respectivamente en quienes son principales protagonistas en esos momentos, y atentos a tres clases sociales bien distintas. Los ejecutivos de éxito, la clase media y los inmigrantes con trabajos más ocasionales se muestran como víctimas y cómplices de sus propios fracasos, aunque deslices sería probablemente una palabra más adecuada, coincidiendo igualmente en su condición de “animales que se lamen sus heridas”, todo ello enmarcado en una especie de inmersión entomológica reforzada por una valiosísima e irónica voz en off.
Pero no vayan a creer que, por esa tristeza casi innata a los personajes y a sus errores, Animals ferits es una obra tristona o dramática. Todo lo contrario: la comedia, en ocasiones sofisticada, a ratos decididamente gamberra, campa a sus anchas en cada detalle, en cada secuencia, asumiendo lo vodevilesco (en la medida que lo plantearía un seguidor de la nouvelle cuisine) o lo inequívocamente canalla, como ocurre con el personaje de la esposa de Silvio –incluida esa mezcla de argentina e italiana– o con el libro arrojado desde el automóvil.
En esa especie de evocación de La ronda, de Ophuls, por poner un ilustre ejemplo, que el propio Ventura Pons había solucionado magistralmente en una de sus mejores películas, Carícies, el cineasta no deja títere con cabeza, en cualquiera de los diferentes movimientos citados, sea con relación a los decorados, al vestuario, al sexo, a los sentimientos, al engaño, a la gastronomía, los escenarios –del lujoso apartamento al no menos lujoso hotel, del camping de Cadaqués al bar de barriada o al piso de aspecto cochambroso, hasta llegar al circo donde todos pueden encontrarse alguna vez, camuflado de Can Barça, con esa espléndida secuencia de las miradas en el descanso del partido– y un sinfín de detalles que conforman una extraordinaria disección moral y filosófica a partir, exclusivamente, de materiales cotidianos. A los logros finales no resultan ajenos unos actores absolutamente entregados –Jose Coronado, Aitana Sánchez-Gijón, Cecilia Rossetto, Cristina Plazas, Patricia Arredondo, Marc Cartes, Gerardo Zamora–, una mimada música de Carles Cases, y la voz en off de Abel Folk. Una auténtica gozada.
ANTONIO LLORENS
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CARTELERA TURIA |
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UN VODEVIL DE PROVINCIAS
En algún momento de esta película plural, compuesta en cuatro movimientos, en la que se diseccionan, con la habitual ironía de Ventura Pons cuando aborda los sentimientos, las relaciones que entre sí establecen gentes de la Barcelona de hoy, se habla de que estamos ante “un vodevil de provincias”. Y en una primera, y muy superficial visión, tal parece ser: personajes a menudo patéticos (alguno incluso de más: el que encarna Cecilia Rossetto, sin ir más lejos), caprichosos, relacionados entre sí en una suerte de danza circular, que muestran sus deseos, pero también su inconstancia.
Pero eso es sólo en primera instancia. A medida que se pasa del allegro assai del primer episodio, liviano, pero no por eso menos dramático en su resolución, y el ritmo se hace más pausado; a medida que descendemos en la escala social, de la cúspide de la pirámido alto-burguesa del primer episodio a la base proletaria e inmigrante del tercero, la mirada del narrador se va haciendo más incisiva, hasta desembocar en un último movimiento, ese finale rondo que cierra todas las soluciones narrativas. Ahí, en la resolución, nos sitúa Ventura Pons ante la lectura más posible del filme: a pesar de mostrar sendas historias de gente que vive vidas de pareja, o de adulterio, estamos en un terreno no muy lejano al que suele tratar el último François Ozon, el de la imposibilidad de la felicidad, el del desconocimiento profundo del otro.
Cada uno de los personajes está condenado a ver sus deseos insatisfechos, a chocar contra la indiferencia o contra el azar esquivo. En eso, como en la medieval Ronda de la Muerte, no hay clases sociales: todos padecen lo mismo, todos se agarran a lo que pueden para sobrevivir. Como apreciará el espectador de Pons, es éste un eslabón más en la ya larga cadena de historias que el cineasta ha forjado sobre el amor y sus contemporáneos. No es la mejor, pero tampoco desmerece de logros como Actrius, como Amic/amat: con este Ventura en la madurez de su oficio siempre se juega en terreno seguro. Y sus espectadores, agradecidos.
MIRITO TORREIRO
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EL PAIS |
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ANIMALES HERIDOS: PAREJAS DISPAREJAS
Hace ya más de una década que Ventura Pons nos viene regalando con una regularidad insólita una serie de películas que dibujan una relación fecunda con la literatura, muy alejada del concepto habitual de adaptación. En Animales heridos parte de un libro de cuentos de Jordi Puntí y, sin disimular este origen, compone un mosaico formado por tres historias independientes y un final con tutti quanti. Lo único que las une es un tema común -el desencuentro, la infidelidad, la soledad de la vida en pareja- y la omnipresente voz en off de un narrador (excelente Abel Folk) que va puntuando con sus comentarios el sentido de los acontecimientos y nos explica, más que los personajes, lo que éstos piensan y sienten. Así, la película elude una identificación directa con sus criaturas, a las que contemplamos siempre a través de la distancia que impone el comentario y la misma estructura del relato en mosaico.
Este funcionamiento -no son los actores solos quienes construyen sus personajes- impone una forma particular de actuar, menos marcada y «psicológica» de lo habitual. Pons vuelve a hacer gala de su proverbial talento para elegir repartos que también se apartan de lo habitual: aparte de los conocidos José Coronado y Aitana Sánchez Gijón (estupendo su monólogo de despedida a su amante), sobresale la exuberante Cecilia Rosetto (tanguista extraordinaire) y un elenco de actores jóvenes de rostros tan nuevos como el trabajo que se les pide hacer. Coloreada por la música de Carles Cases, la película ensaya un tono (Ventura lo llama minimalista) inédito en un cine como el nuestro, que oscila entre lo mortecino, lo intenso y lo gamberro, pero rara vez se atreve a hablar de cosas serias con la elegante ligereza de que hace gala Pons aquí.
ANTONIO WEINRICHTER
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ABC |
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ANIMALES HERIDOS
En el título del libro de relatos de Jordi Puntí, adaptado por Ventura Pons, los animales están tristes. En la película resultante, heridos. Ese matiz subraya el tono agrio, incluso desgarrador, que el cineasta catalán imprime a sus mejores títulos. Sea cual sea el autor literario que los sustente, sus protagonistas vuelven a ser aquí unos seres obsesivos, desorientados y que sólo sobreviven a costa de desprenderse de jirones de su pelaje en cada embestida que les da la vida.
También como en sus mejores films, Animales heridos regresa al rondó para hilvanar tres historias sólo aparentemente inconexas pero finalmente unidas por un común exorcismo de la soledad y por un fascinante juego de espejos entre la realidad y las apariencias. Lástima que, por desgracia, el tríptico arranque no con la menos interesante de las historias, sino con la más desenfocada de tono y de interpretación.
Las tribulaciones del ejecutivo barcelonés dividido entre una esposa de vodevil y una amante de diseño satisfará a los amantes de la comedia fácil, pero hay que esperar al segundo de los episodios, el de la pareja que necesita unas vacaciones en el camping para certificar que ya no tienen nada que decirse, para reencontrarse con ese cineasta que dispone de las proporciones exactas para mezclar la poesía con la mala leche. Elementos que reaparecen en la fascinante revisitación de los espacios de la burguesía catalana por inmigrantes latinoamericanos capaces de vibrar en el Camp Nou y, finalmente, cierran el círculo (que no el circo) con esos animales que, en la soledad, lamen sus heridas.
ESTEVE RIAMBAU
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FOTOGRAMAS |
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