La ciudad, inquieta, de noche. Asistimos a una ronda (discontinua) de once historias de personajes con diferentes relaciones: parejas, madre-hija, compañeros, hermanos, jóvenes-viejos, padre-hijo, amantes, padre-hija, madre-hijo..., que no consiguen acariciarse (comunicarse, amarse). Época actual, final de milenio. |
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FICHA TÉCNICA DIRECCIÓN Y PRODUCCIÓN |
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HOMBRE JOVEN
DAVID SELVAS MUJER JOVEN LAURA CONEJERO MUJER MAYOR JULIETA SERRANO MUJER VIEJA MONTSERRAT SALVADOR HOMBRE VIEJO AGUSTÍN GONZÁLEZ NIÑO NAÏM THOMAS HOMBRE SERGI LÓPEZ CHICA MERCÈ PONS HOMBRE GRANDE JORDI DAUDER CHICO ROGER COMA MUJER ROSA MARIA SARDÀ |
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FOTOS
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DOSSIER DE PRENSA CARÍCIES 2. La gran família 3. La gran recerca Núria Bou & Xavier Pérez
De visión completamente imprescindible y gozada segura, esta obra es un alucinante desplegable sobre la soledad urbana, un fecundo catálogo de personajes marcados por el aislamiento e imposibilitados para cualquier contacto afectivo; símbolos, pues, de una tragedia de nuestro tiempo que sus autores parecen suavizar de vez en cuando con toques de alta comedia y más de una incursión en la herencia del absurdo. Son, sin embargo, concesiones aparentes, administradas con rigor impecable por la sabiduría de la mano que mece la cuna. En realidad, el humor que asoma en algunas escenas de Caricias es tan ácido como un limón en un velatorio. Perpetrado para la escena por un reputado valor del teatro catalán, Sergi Belbel, el inquietante texto aparece reconvertido para el cine por Ventura Pons, en una exhibición de facultades que roza el virtuosismo. Que tanto el autor como el director son dos zorreznos de mucha consideración lo demuestra la complacencia en el juego con los diversos niveles de lectura, pero sobre todo la precisión en el dibujo de atmósferas oprimentes partiendo de una constante transgresión de la apariencia. De sus dos anteriores adaptaciones literarias -El porqué de las cosas y Actrices- puede decirse que Pons salió con sobresaliente. En este caso se lleva a casa un cum laude, al tiempo que instaura una anomalía en la hora presente del cine español: demuestra que es posible convertir las noches de la ciudad en mito dramático sin tener que recurrir a la estética post-almodovariana. Conviene recordarlo en un momento en que el concepto de comedia urbana empieza a fatigar, cuando no a resultar execrable (Más que amor frenesí, por citar un modelo). Adoramos que, por una vez, lo urbano no esté destinado a mostrar que la gran ciudad -casi siempre un Madrid pretendidamente moderno- es un centro irremediablemente poblado por punkies de pacotilla, drag-queens apolilladas y ejecutivos con pretensiones de sofisticación (luego, horteras involuntarios). En esta ocasión, los abismos que se esconden tras las vidas de la "pequeña gente" resulta ser un perverso cruce entre el neorrealismo italiano, Ingmar Bergman y David Mamet. Y me apresuro a decir que la versión de Ventura Pons va más lejos que su original escénico el cual, por lo menos cuando yo lo vi, me pareció perjudicado por la dirección del propio autor, víctima de la autoindulgencia. Desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, el sentido de autoindulgencia queda ausente de este admirable conglomerado, un puzzle donde todo parece encajar de manera tan rigurosa que roza la perfección y al mismo tiempo tiene la modestia suficiente -y necesaria- de evitar que aquélla se note en exceso. Es fácil imaginar que Pons ha accedido a este raro prodigio a través de un largo aprendizaje de cinéfilo de los de antes. Ante Carícies se piensa en Bergman, Dreyer, Satyajit Ray, Fassbinder o Pasolini, paquete que puede asustar a los que están acostumbrados a aplaudir las influencias del peor comic en la obra de Alex de la Iglesia y similares. Urge decir que quienes se sientan atraídos por el folklórico uso de la violencia en esa soberana cretinez titulada Perdita Durango tienen poco que hacer ante la poderosa carga de violencia interior que, desde el principio al fin, destilan esas Carícies malvadas. Por una vez, la brutalidad aparece reciamente afianzada en los orígenes mismos de la vida, variante relaciones humanas. En este sentido, y en casi todos los que encierra, Caricias es obra muy dura, subterráneamente terrible, y el mérito de Pons como cineasta es el de conseguir que sólo los muy enterados pueden suponer que alguna vez existió un origen escénico. Quiere la leyenda del teatro catalán que Caricias sea, además, una réplica domestica a La Ronde, la obra de Schniztler convertida en clásico cinematográfico por Max Ophuls y, después, asesinada vilmente por ese asesino de grandes temas que fue Roger Vadim. Siempre será la primera versión la que nos ilumine, y en este aspecto las comparaciones son inevitables, pero sería injusto que fuesen más allá de los aspectos meramente estructurales: varias historias -a veces apuntes anecdóticos- engarzadas por un hilo conductor común. En Ophuls, este hilo arranca de la antológica presentación de un narrador/shaman que tiene toda la elegancia decadente de Anton Walbrook. En el film de Pons el hilo conductor tiene mucho que ver con la pesadilla de un ordenador en estado de virus: las calles de la ciudad nocturna recogidas en alucinantes planos subjetivos, expresando opresión, delirio, pesadilla y delimitando los límites entre la vida y la ficción. Estos límites parecen ser la Nada. De donde el laberinto se cierra sobre sí mismo con un ramalazo de neo-existencialismo. La práctica de Pons en el teatro se nota una vez más en la dirección actoral, acompañada aquí de una auténtica disección del rostro humano y una extraordinaria atención al matiz, favorecida por los diálogos minimalistas de Belbel. En este aspecto destaca la escena del jovencito que aspira a llevarse a su papá al baño, feliz consecuencia de la compra de un coche nuevo; la frescura del diálogo viene ayudada por la espontaneidad del pequeño actor Naïm Thomas, definido por el personaje del vagabundo "como un ángel". Definición más que exacta. Destaca, como siempre, ese madre de todas las batallas que es Rosa Maria Sardà. Su entrega del texto es una lección magistral. Pero hay también perlas en las incorporaciones de Agustín González, Mercè Pons, Julieta Serrano, Montserrar Salvador y Jordi Dauder como el señor que complica las teorías de los espejos de Cocteau colocándoles delante una felacio en lugar de un Jean Marais. El ejecutor del acto es otro joven intérprete, Roger Coma, de quien debe decirse, en máxima justicia, que constituye un placer para conaisseurs. Sin duda, los conocedores ya entienden. TERENCI MOIX
LAS 'CARÍCIAS' DE VENTURA PONS Carícies podía ser un texto intrigante y, además, interesante, pero curiosamente el cine la beneficia y su atomización en situaciones correlativas y dependientes las unas de las otras se refuerza en la densidad de campos mucho más soñadora del cine, en la infinidad de matices del montaje y en la distancias de una puesta en escena cinematográfica donde, a diferencia de una propuesta teatral, a veces tenemos la visión de conjunto y otras el detalle extraído del resto, a la medida de un reparto impresionante. El profundo conocimiento de Ventura Pons de la insuperable profesión de actores y actrices catalanes, su astucia, su apuesta, permiten que Jordi Dauder, Agustín González, Rosa Mª Sardá, el perturbador David Selvas (que pide a gritos un papel extenso en la pantalla), Mercè Pons o Naim Thomas (un chaval que logra en sus dos capítulos arrasar con nuestros equilibrios eróticos), por mencionar sólo unos cuantos, se salgan literalmente, agoten todas las posibilidades de unas líneas de diálogo casi cubistas y provoquen a un espectador que debe construir, desde su responsabilidad partícipe, la cuarta dimensión, la cuarta pared, el cuarto fragmento de cada situación. Ventura Pons ha vuelto a reventar los esquemas entre realismo y fantasía en el cine. Ha vuelto a subvertir la simple alternativa de "Yo" espectador/Yo" partícipe en el cine. Vuelve a exigir una mirada no enajenada. Vuelve a dar un paso de gigante para renunciar a la modestísima narrativa superficial que caracteriza al noventa y muchísimos por ciento de las películas que se estrenan. Y Carícies no lo son, precisamente. Te agarra por los cojones y por los ovarios desde el primer momento y, sin quitarte los ojos de las pupilas, o te suelta hasta un !Ay! final de dolor y sobre todo, de placer. Mucho placer. Àlex Gorina
UNA PELÍCULA PERTURBADORA La respuesta es esta espléndida adaptación de E.R., la obra con la que Benet i Jornet ganó el Nacional de Teatro hace un par de años; una honesta, sutil e inteligente, contenida aunque hondamente dramática peripecia de cuatro mujeres, tres actrices veteranas y una aspirante a serlo; un impresionante duelo interpretativo entre tres de las que, efectivamente, se cuentan entre las pocas divas de la escena catalana (y española) y una de las candidatas mejor situadas para sucederlas. Una obra con la que, lejos de la modestia que anuncia su trailer ("una obra de Benet i Jornet puesta en imágenes por Ventura Pons") el cineasta borda un discurso visual muy personal, sin renuncias a la teatralidad, pero con un empleo inteligente y persuasivo de las herramientas cinematográficas. Construir recuerdos Muchos son los temas que E.R., y obviamente también Actrices, aborda. La amistad, los sueños juveniles frente al inexorable paso del tiempo, la enfermedad, la ambición y el amor al teatro; pero sobre todas las cosas, la muerte y la forma en que se construyen los recuerdos, la engañosa pervivencia de la memoria; y la consistente sospecha de que la tradición escénica catalana se ha construido sobre oquedades y silencios, medias verdades y recuerdos celosamente secuestrados por la memoria personal. La riqueza textual de Actrices nace de multitud de referencias sin las cuales el filme se aguanta bien, pero que si son conocidas proporcionan todavía más jugosas posiblidades de disfrute. Unos personajes construidos con retazos de las propias trayectorias artísticas - y por ende, públicas- de las protagonistas, sobre todo las dos presentes (Espert y Sardà) y la ausente, esa Empar Ribera que se parece a Margarida Xirgu; fragmentos de otras existencias que amalgaman a la tercera, la dobladora que encarna la gran Anna Lizaran, nunca mejor en cine que aquí; y ecos, a veces falsos, de otras obras, como Eva al desnudo, película a la que parece emular en principio, pero de la cual se aparta deliberadamente, conjugan una materia dramática de envidable solidez. Una materia que contiene además excepcionales ocasiones de lucimiento para sus intérpretes, a quienes Pons mima y de quienes obtiene la más impresionante actuación del cine catalán en muchos años. Dos secuencias ilustran a la perfección no sólo la hondura y la inteligencia de la construcción dramática del filme, sino la profunda sapiencia teatral de sus responsables. La joven Mercè Pons (ahí es nada aguantar el tipo frete a los monstruos con los que comparte el encuadre: chapeau para ella) intenta documentarse sobre la Ribera con sus discípulas. Ambas, la Espert y la Sardà, por separado, le hacen leer un fragmento de Ifigenia en Aulide y le dan su particular versión sobre el personaje, que es también su visión sobre la vida en general y la profunda justificación de sus propias opciones vitales. Lo que Espert y, sobre todo, Sardà hacen con este fragmento se puede incluir, lisa y llanamete, en una antología de los mejores momentos de nuestro cine, la gloriosa confirmación de un talento que, él sí, justifica toda una existencia. Lluís Bonet Mojica
"CARICIAS": LA SOLEDAD DE DOS AÑOS EN COMPAÑÍAl Desde que, hace veinte años, se iniciara en el cine, tras una brillante carrera de director escénico, con la todavía hoy transgresora "Ocaña, retrato intermitente", Ventura Pons ha seguido una trayectoria irregular, en buena parte dedicada al cultivo de la comedia a la catalana. Hasta que, en 1994, se instala -esperemos que definitivamente- en un espléndido cine rabiosa y absolutamente personal, independientemente de que se inspire en textos literarios previos, trátese de una serie de cuentos de Quim Monzó en "El porqué de las cosas", de un psicodrama de Josep Maria Benet i Jornet en "Actrices" o, en el caso de "Caricias", de otra pieza teatral, firmada por Sergi Belbel. Obras que, en todas las ocasiones, adapta a su propia estética minimalista. Con una estructura tributaria de la de "La ronda", de Arthur Schnitzler -que en 1950 llevara al cine, con singular maestría, Max Ophüls, y catorce años después se encargara de destrozar Roger Vadim-, la película, al igual que su modelo escénico, se centra en once encuentros, o si se prefiere, desencuentros, de otros tantos personajes, en busca de amor y comunicación, marcados, en la mayoría de las ocasiones, por la frustración y el desamparo. No es el amor que buscan, necesariamente, el que se expresa a través del sexo, aunque también. Ni tiene por qué darse entre hombres y mujeres. De hecho, puede ser el de madre o padre e hijo o hija, la amistad, el de hombre y hombre o mujer y mujer. Y, en algún caso, mezclar, sin nunca caer en la complacencia ni apuntar al escándalo, varios de los elementos en liza, incluído el incesto sugerido. Porque, de hecho, aunque no falten los momentos de sexo explícito, es "Caricias" una película extremadamente pudorosa, lo que no constituye en absoluto una paradoja, como no la constituye el hecho de que su terrible dureza, su violencia interior y, por instantes, física, coexista con la ternura que sienten sus creadores por los personajes a los que han dado vida, aunque se trate de una vida perra. Unos personajes retratados, aunque sea en breves escenas, de mano maestra. Y magistralmente encarnados por un plantel de intérpretes realmente excepcionales, entre los que sería injusto destacar a ninguno porque, probablemente, trátese de noveles o veteranos, de hombres o de mujeres, ninguno de ellos ha estado mejor en su vida, por lo que basta con citar sus nombres al completo en la ficha que precede a estas líneas. César Santos Fontenla.
Sigo la carrera de Ventura Pons desde sus primeros montajes teatrales en los años 70, en los que el talento de aquel joven director de escena destacaba en el buen panorama general. Su primera incursión cinematográfica, Ocaña, retrat intermitent, se encuadraba dentro de una corriente de cine documental creativo y era una película estupenda. Pero después Ventura Pons inició un camino, a mi juicio, equivocado: comedias catalanas con una tendencia al humor grueso y al chafarriñón, en las que aquí y allá aparecían apuntes de la sensibilidad del autor que parecía haberse embarcado en un viaje que no era el suyo. Ignoro hasta que punto aquellas películas de los 80 y primeros 90 han podido serle útiles a Pons para adquirir la madurez cinematográfica de que hace gala en sus tres últimas películas, aunque más bien tengo la sensación de que en aquellos tiempos nos perdimos diez años de excelentes retratos cinematográficos "made in Ventura Pons". Si El porqué de las cosas reflejaba una clara intención de cambiar de rumbo hacia un cine de personajes, diálogos y sentimientos entrecruzados con resultados más que notables, Actrices, que supuso la confirmación de esa línea, fue una de las mejores películas españolas del pasado año. Ventura Pons ha vuelto a sus orígenes, el teatro, el buen teatro. Y ha encontrado la forma de hacer teatro y cine a un mismo tiempo. Caricias da fe de esta nueva coherencia y de un momento de madurez creativa indiscutible. En Caricias hay un texto original de Sergi Belbel de gran calidad. Una serie de personajes se van encontrando, dos a dos, a lo largo de una noche turbulenta en la Barcelona actual, a la manera de La Ronde de Schnitzler. Pons filma estos encuentros con escrupuloso respeto por el texto teatral, incluso por la teatralidad de los diálogos y los comportamientos, pero los dota de una puesta en escena y una planificación inequívocamente cinematográficas. La soledad, la decadencia física, el deterioro de las relaciones, los vicios que aquejan a los afectos, la agresividad que se oculta detrás de las rutinas afectivas, la incomunicación, el diferente posicionamiento de las dos partes de una relación, el rencor, la violencia física o verbal, van yuxtaponiéndose en esta ronda de noctámbulos ansiosos de una caricia auténtica, de un gesto que dé paso a la confianza, a la tranquilidad sentimental. Pons y Belbel crean al alimón un fresco poblado por personajes en perpetua tensión, que el director consigue que fluya con la suavidad formal que encubre un generalizado infierno interior. En esta película tan dura hay amor, ternura y mucho sentido del humor. Ventura Pons ha reclutado un reparto absolutamente magistral. Todos los actores componen sus personajes con tanta sinceridad como perfección técnica. Desde Laura Conejero, formidable en esa insospechada iracunda del primer segmento, hasta la dolorida y aniquilada Rosa María Sardá del último. De todos esos rifi-rafes, me quedo con la aparente suavidad del protagonizado por Julieta Serrano y Montserrat Salvador, y con el descarado y cruel acoso de Sergi López a Mercè Pons, la ruptura más contundente que he visto nunca en una pantalla. Fernando Méndez-Leite.
Independientemente de la magnífica obra de teatro que sirve de partida al film de Ventura Pons, el peso de lo estrictamente fílmico es notable. Me atrevería a asegurar que el cineasta ha encontrado un estilo muy preciso (planificación, dirección de actores, iluminación) para aproximarse a la realidad sin servilismo naturalista. La verdad, y no deja de resultar asombroso, es que este curioso e insólito film, con su aparente sencillez y su sobria aproximación a once personajes y once encuentros, acabe convirtiéndose en un prodigioso tratado sobre el aquí y ahora de casi todos nosotros. Lloréns. |
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